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La Administración del presidente Donald Trump ha decidido marginar a las Naciones Unidas en los dos principales conflictos internacionales actuales: la guerra en Gaza y la guerra en Ucrania. Esta decisión refleja un distanciamiento diplomático significativo, que se suma a los recortes sustanciales que el mandatario ha implementado a la organización internacional, poniendo en riesgo su relevancia política y reduciéndola a un rol meramente humanitario.
Trump ya había expresado su malestar en febrero al afirmar: «Muchos de estos conflictos deberían resolverse, o al menos deberíamos recibir ayuda para resolverlos, y nunca vemos esa ayuda. Esa debería ser la misión principal de Naciones Unidas.« A lo largo de su mandato, la desconfianza del presidente hacia la ONU se ha hecho evidente, siendo esta postura común entre los republicanos. En el caso de Trump, esta aversión se combina con su preferencia por manejar los asuntos globales a través de relaciones bilaterales con potencias como Rusia y China, representadas por Vladimir Putin y Xi Jinping, respectivamente.
El distanciamiento de Trump hacia la ONU es patente no solo en declaraciones, sino también en hechos concretos. Desde su llegada al poder, no ha tenido conversaciones con el Secretario General de la ONU, António Guterres, y ha tomado decisiones que excluyen a la organización de sus iniciativas diplomáticas. A ello se suman los recortes en la cooperación internacional y la ayuda humanitaria, como la salida de Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su retiro del Acuerdo Climático de París, además de la reducción drástica de fondos destinados a USAID, que en 2024 representó casi la mitad del total de la ayuda humanitaria mundial.
En cuanto a los conflictos en Gaza y Ucrania, Estados Unidos ha optado por actuar como mediador principal, excluyendo a la ONU de las negociaciones en Riad y Catar, donde la organización internacional no ha tenido participación alguna. A pesar de los esfuerzos de Trump por ser el protagonista en la resolución de estos conflictos, los resultados siguen siendo inciertos, lo que pone en duda la efectividad de su enfoque unilateral.
Para el analista Richard Gowan, de Crisis Group, la postura de Trump no es nueva, sino que refleja una desconfianza histórica de Washington hacia la ONU, una institución que perciben como influenciada en exceso por los estados europeos y donde los pequeños países obstaculizan lo que él considera la diplomacia de las grandes potencias. No obstante, Gowan advierte que esta actitud podría tener un impacto negativo, ya que muchos países podrían empezar a cuestionar la legitimidad de la ONU en los procesos de paz, reduciendo a la organización a un «club de tertulia» de naciones liberales, utilizado esporádicamente por potencias como Estados Unidos, Rusia y China para alcanzar acuerdos que les convengan.
Este giro en la política exterior estadounidense representa una clara apuesta por un enfoque más individualista y bilateral en la resolución de conflictos, lo que podría marcar un antes y un después en la diplomacia global. Sin embargo, los desafíos que enfrenta Trump en estos conflictos podrían hacer que su estrategia de relegar a la ONU a un segundo plano sea más difícil de lo que inicialmente parecía.