
Hay instituciones que se quedan ancladas al mandato con el que nacieron. Y hay otras que, sin renunciar a él, lo reescriben.
El Consejo Nacional de Promoción y Apoyo a la Micro, Pequeña y Mediana Empresa (PROMIPYME) quiere estar en el segundo grupo.
Su director general, Fabricio Gómez Mazara, lo plantea sin rodeos. El microcrédito no desaparece. Cambia de destino. Ya no se trata solo de sostener al colmado, al taller o a la microempresa de barrio.
Se trata de que el financiamiento público de mañana llegue a empresas más sofisticadas: agroindustria con tecnología, comercio digital, software, nearshoring e inteligencia artificial aplicada.
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“No dejamos el microcrédito para hacer innovación —hacemos innovación para que el microcrédito de mañana financie empresas más sofisticadas.”
Esa frase es el eje de EmprendeLab. Y también el argumento con el que Gómez Mazara responde a la pregunta más incómoda de esta conversación: ¿por qué una institución históricamente asociada al crédito pequeño decide apostar por un programa de innovación? ¿No es un salto extraño?
“La innovación no puede caber en Santo Domingo.”
EmprendeLab ya tuvo su primera edición regional en Santiago, con nuevas ediciones en camino. La decisión no es cosmética.
Gómez Mazara insiste en que concentrar la innovación en la capital reproduce la misma desigualdad del sistema financiero tradicional.
La tesis del programa es simple y, al mismo tiempo, dura: la gente no fracasa por falta de talento, sino por falta de exposición, redes y confianza. Eso se siente con más fuerza fuera del Distrito Nacional.
Santiago no es un escenario simbólico. Fuera de la capital, concentra la mayor cantidad de zonas francas y una base productiva real —manufactura, servicios, comercio, agroindustria— que todavía no está plenamente conectada a innovación.
El argumento del director de PROMIPYME es que ahí no falta capacidad. Falta puente.
“La innovación ya no es opcional —y tampoco debería ser un privilegio de quien nació en la capital.”

Él dice que no. Las mipymes representan más del 99% del tejido empresarial y generan alrededor del 60% del empleo formal en la región.
Ese siempre fue el mandato de PROMIPYME. EmprendeLab no lo sustituye. Lo moderniza.
El puesto 97 y lo que el ranking no alcanza a ver
República Dominicana ocupa la posición 97 de 139 economías en el Índice Global de Innovación 2025. El puesto se ha mantenido prácticamente estancado: también fue 97 en 2024.
El dato invita a la autocomplacencia o a la resignación. Gómez Mazara elige una tercera lectura.
Ese número, afirma, mide el pasado, no el presente que dice ver en universidades y territorios. Mientras el ranking se queda quieto, hay una generación de jóvenes dominicanos que ya usa tecnología de forma natural: no porque un programa se lo enseñó, sino porque así aprendió a resolver problemas.
“Mi trabajo, y el de PROMIPYME, no es inventar esa energía, es dejar de estar detrás de ella y ponernos a su altura.
El índice va a moverse cuando dejemos de tratar la innovación como un proyecto especial y empecemos a tratarla como la forma normal en que este país hace negocios.
Esa transición ya empezó, solo que todavía no aparece en las estadísticas oficiales.”
El matiz importa.
El país mejoró su puntuación —22.6 sobre 100— pero no su posición. Además, rinde mejor en insumos de innovación (puesto 84) que en resultados (puesto 102).
Hay más condiciones de entrada que evidencia de salida
Ahí coloca Gómez Mazara a PROMIPYME. No como fábrica de patentes, sino como institución capaz de acortar la distancia entre el talento disponible y las empresas que sobreviven.
El capital existe. Falta quien lo conecte
Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo sobre cinco países caribeños describe sus mercados de capital de riesgo como “nacientes o emergentes”

inversiones limitadas, brechas de financiamiento, pocas rondas de seguimiento, pocas vías de salida para el inversionista y necesidad de avances regulatorios y mecanismos para reducir riesgo.
Gómez Mazara usa ese diagnóstico regional para señalar un vacío local. Hay esfuerzos públicos —EmprendeLab es uno— y hay capital privado disperso. Casi nadie, dice, está en el medio conectando ambos con instrumentos reales.
Ahí quiere situar a PROMIPYME. No como fondo de inversión. Como articulador de capital de impacto público-privado.

La distinción no es menor. Una institución de microcrédito que pretenda comportarse como venture capital corre el riesgo de improvisar. Una institución que se ofrezca como puente —entre Estado, universidades, banca, diáspora e inversionistas cautelosos— puede ocupar un espacio que hoy nadie lidera con consistencia.
El problema, en su lectura, no es que el capital no exista. Es que no encuentra canal.
US$5,032 millones… y una pregunta incómoda
En 2025, la República Dominicana registró un récord de inversión extranjera directa: US$5,032.3 millones. El turismo se llevó el 26.3% de ese flujo. Energía captó otro 23.8%. La tecnología y los servicios digitales no aparecen como el gran imán.
Gómez Mazara lee el dato como evidencia de capacidad institucional y, al mismo tiempo, de sesgo sectorial. El país ya demostró que sabe atraer capital. El turismo es la prueba. El reto es replicar esa misma capacidad para atraer inversión hacia tecnología, servicios digitales, inteligencia artificial aplicada y nearshoring.
Ese es el terreno donde EmprendeLab quiere posicionarse. No para competir con el hotel todo incluido, sino para evitar que la innovación quede como nota al pie de un modelo de crecimiento que sigue dependiendo de sol, playa y energía.
América Latina y el Caribe, a mediados de 2025, ya contaba con 38 unicornios y un número creciente de startups de alto impacto. La región dejó de ser periferia absoluta del capital tecnológico global. La pregunta, para el director de PROMIPYME, es si República Dominicana entra a esa conversación como plataforma o solo como espectadora.

Un puente no es un lujo
Cuando se le pide que lo explique en términos simples, Gómez Mazara —economista de oficio— baja la innovación del pedestal.
Un puente no es un lujo. Es la infraestructura que permite que el comercio exista. La innovación, sostiene, funciona igual para la economía del conocimiento.
Tratarla como moda o como gasto discrecional es, en esa lógica, tan absurdo como discutir cada año si vale la pena mantener una carretera. Sin ella, el talento circula mal, el capital no aterriza y las mipymes se quedan en el mismo techo de productividad.
El país tiene estabilidad macroeconómica y un talento emprendedor real. Lo que todavía no logra es convertir eso en un mercado de inversión escalable. A diferencia de muchas economías del Caribe, República Dominicana ya reúne varias de las características estructurales que el capital global observa con interés. Le falta, sin embargo, la infraestructura institucional y financiera para que la innovación deje de ser anécdota y se vuelva categoría económica.
Ese “gap de oportunidad” es la parte más ambiciosa del discurso. Gómez Mazara sugiere que nadie en el sector público lo ha liderado de forma consistente. Y que PROMIPYME, por su mandato sobre el tejido empresarial más numeroso del país, está en posición de hacerlo.

Queda abierta la pregunta periodística: ¿puede una institución de microcrédito convertir ese vacío en política de Estado, o el diagnóstico se adelanta a la capacidad operativa?
Ni evento, ni foto, ni premio
Muchos programas públicos de innovación en la región terminan siendo simbólicos: un evento, una foto, un premio, y después el silencio. Gómez Mazara dice que PROMIPYME no puede caer en esa trampa.
Su respuesta no habla tanto de montos como de método.
Las tendencias de hoy —inteligencia artificial, automatización, nuevos modelos digitales— están abriendo negocios que hace cinco años ni siquiera existían como categoría. Esa puerta, afirma, se la están abriendo a jóvenes que muchas veces no tienen capital, pero sí tienen la tecnología en la mano.
“Ahí está la verdadera oportunidad: no en cuánto dinero le damos a un emprendedor, sino en cuánta claridad, cuánta red y cuánta confianza le damos para que construya un modelo de negocio nuevo con las herramientas que ya existen. Un programa simbólico se mide por la asistencia al evento; el nuestro lo vamos a medir por cuántas de esas ideas siguen operando y generando empleo un año después.”

Es una métrica exigente. También es la única que, en rigor, separa un laboratorio de una feria.
A un joven de provincia que nunca ha tenido acceso a este tipo de programas, el mensaje que deja es de continuidad, no de ruptura. PROMIPYME nació para incluir financieramente. EmprendeLab pretende incluir en la innovación. El punto de partida cambia. El destinatario, no.
A diez años, el canal o la anécdota
Mirando a cinco o diez años, Gómez Mazara no quiere que PROMIPYME se recuerde por la cantidad de programas lanzados. Quiere que se recuerde por cuántas empresas dominicanas siguen de pie gracias a ellos.
El capital, insiste, no está ausente. Está esperando. Puede ser el de la diáspora, el de inversionistas que hoy observan con cautela, o el que ya circula en la economía y no encuentra dónde invertirse.
“Nuestra tarea de aquí a diez años es construir el canal por donde finalmente pueda moverse.”
Y añade una proyección que suena más a desafío que a pronóstico:
“El día que ese capital disperso tenga un vehículo confiable, este país va a sorprender a toda la región.”
EmprendeLab se juega, entonces, en esa tensión. PROMIPYME puede seguir siendo la ventanilla del microcrédito. O puede intentar convertirse en el puente entre el tejido mipyme —el 99% silencioso de la economía— y un mercado de innovación que todavía no termina de nacer.
Entre el puesto 97 del índice, los US$5,032 millones que siguen yendo sobre todo al turismo y la energía, y una generación que ya usa tecnología sin pedir permiso, Fabricio Gómez Mazara apuesta a que el salto no es extraño.
Lo extraño sería quedarse del lado de acá del puente.
Producción: Debate.do / Mediaglo Multimedios Globales
Periodista: Awilma Noelia Núñez
Director editorial: Jonathan Cabrera





