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Martín Valerio Jiminián

El precio de ganar

Vivimos en la época mejor medida de la historia. Sabemos cuántos seguidores tenemos, cuánto vale nuestro patrimonio, cuántas elecciones ganamos y cuántos adversarios quedaron tendidos en el camino. Lo único que no sabemos medir es cuánto de nosotros entregamos a cambio. Para eso todavía no existe una aplicación. Existen, por fortuna, dos novelistas muertos.

La selección, conviene confesarlo, no fue casual. No hubo sorteo, ni rigor académico, ni equilibrio editorial: la impuso mi memoria, que no necesitaba permiso. Son mis dos novelistas favoritos, y cuando uno se hace preguntas incómodas no convoca a los autores más adecuados, sino a los que nunca terminaron de irse.

Imaginemos a Alexandre Dumas y a Ernest Hemingway en la misma mesa. La Closerie de París, Cervecería Alemana en Madrid o La Floridita en Cuba donde el mar se encargue de rellenar los silencios. El lugar da igual; el reparto de papeles, no: Dumas hablaría primero, y largo. Hemingway escucharía, y bebería.

Los separan casi un siglo, dos idiomas y una idea opuesta de la economía narrativa. Dumas necesitaba conspiraciones, mazmorras, duelos, tesoros escondidos y un catálogo completo de traiciones. A Hemingway le bastaban un viejo, un bote y un pez. Y, sin embargo, los dos escribieron sobre lo mismo: qué queda de un hombre cuando la vida le quita lo que creía suyo.

Dumas pondría sobre la mesa a Edmundo Dantes: joven, enamorado, con futuro y a punto de casarse; es decir, el candidato ideal para que la envidia ajena le arruine la vida. Una denuncia falsa lo entierra catorce años en el castillo de If. Cuando escapa, ya no es él: la injusticia se le ha metido dentro. Con una fortuna, una educación impecable y una paciencia de relojero, reorganiza el mundo según una contabilidad nueva: premio para los leales, ruina para quienes lo destruyeron.

Hemingway escucharía sin interrumpir y después pondría sobre la mesa a Santiago. Ochenta y cuatro días sin pescar nada; en el pueblo ya lo consideran salao, que es la forma marinera de decir que no sirve. Sale solo, mar adentro, y encuentra por fin lo que justifica tanta espera: un marlín enorme. Pelea con él durante días. Lo vence. Y entonces llegan los tiburones, que no leyeron el guion, y le devoran el trofeo a mordiscos. Santiago vuelve al puerto arrastrando un esqueleto.

Uno lo pierde todo y decide conquistar el mundo. El otro conquista lo que buscaba y lo pierde casi todo.

Ahí empezaría la conversación de verdad. Dumas preguntaría si un hombre debe aceptar la injusticia con la mansedumbre de un mueble; si quien ha sido destruido no tiene derecho a reconstruirse; si puede haber justicia sin que la paguen quienes hicieron el daño. Hemingway contestaría con otra pregunta, que es la manera más elegante de ganar una discusión:

¿Cuánto de ti estás dispuesto a perder mientras intentas recuperar lo que te quitaron?

Lo incómodo es que los dos tienen razón. Resignarse ante ciertas injusticias no es una virtud, sino comodidad con buena prensa: la dignidad no consiste en quedarse inmóvil mientras otros deciden por uno. Pero no toda batalla merece cualquier precio. Hay una frontera difícil de ver en la que defender lo justo empieza a convertirnos en prisioneros de lo que combatimos; en la que dejamos de luchar por una convicción y empezamos a vivir para derrotar a alguien; en la que el resultado importa más que la persona en la que nos estamos convirtiendo.

Dantes cruzó esa frontera con mapa y brújula. Escapó del castillo de If mucho antes de escapar de su propia prisión. El propio Dumas parece haberlo intuido: después de cientos de páginas de venganza milimétrica, cierra la novela resumiendo toda la sabiduría humana en dos palabras, “esperar y confiar”. Un consejo excelente, señor conde. Algo tardío.

Santiago, en cambio, volvió con las manos vacías. Ni el pez, ni la recompensa, ni la foto con el trofeo. Para cualquiera que mirara solo el resultado, había perdido. Pero conservó lo único que los tiburones no pudieron morder: a sí mismo.

El carácter no consiste en resignarse ante lo que no podemos controlar ni en pretender dominarlo todo. Consiste en luchar por cambiar nuestras circunstancias sin permitir que esa lucha termine cambiándonos a nosotros.

Esa es la tragedia silenciosa de muchas victorias. Se puede ganar una discusión y perder un amigo. Conquistar un cargo y perder la independencia. Derrotar a un adversario y terminar pareciéndose demasiado a él. Obtener reconocimiento y descubrir, demasiado tarde, que uno ya solo vive para conservarlo. No todas las victorias son triunfos ni todas las derrotas son fracasos, aunque ningún informe trimestral vaya a registrarlo así.

Después de las grandes batallas de la vida —profesionales, políticas, económicas, familiares— llega una pregunta que ningún aplauso responde:

¿En quién me convertí para llegar hasta aquí?

Nuestra época la esquiva con notable destreza. Hemos perfeccionado las métricas para saber cuánto conseguimos y seguimos sin una unidad de medida para lo que perdimos por el camino. Por eso todavía necesitamos la literatura: es de las pocas cosas que se atreven a hacer la pregunta sin intentar vendernos un curso para responderla.

Entre Dumas y Hemingway aparece una idea de libertad bastante más exigente que la de las charlas motivacionales. Ser libre no es controlar todo lo que nos ocurre, ni tragarse lo que venga. Es conservar la capacidad de decidir cómo responder. El mundo puede quitarnos posiciones, dinero, reconocimiento y años de vida; sobre nuestro carácter, en cambio, seguimos ejerciendo soberanía. Es el único territorio que nadie invade sin nuestro permiso.

Cambiar lo que se puede, aceptar lo que no y tener la sabiduría para distinguirlo: la fórmula es antigua y hoy la repetimos casi de memoria. Pero el carácter exige algo más difícil:

Saber qué parte de nosotros no estamos dispuestos a entregar, ni para ganar ni para resistir.

Dumas pediría otra copa. Hemingway preferiría el silencio. Y a nosotros nos tocaría quedarnos con la cuenta y con la pregunta.

Porque al final esa puede ser la única victoria que nadie puede quitarnos.

 

Por- Martín Valerio Jiminián

Abogado

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