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Salvador Levy

Si la extrema izquierda incendia y destruye, ¿cuál es el miedo a la extrema derecha?

Hay una asimetría que se ha vuelto estructural en el debate público europeo. Cuando grupos radicales de izquierda convierten protestas sociales en incendios, saqueos y ataques a la policía, el relato dominante tiende a tratarlo como un exceso comprensible, un desbordamiento de la rabia o un problema de orden público menor. Cuando una fuerza de derecha gana terreno electoral hablando de fronteras, autoridad o límites al gasto, el mismo espacio mediático y político activa de inmediato la alarma del “fascismo” y la amenaza a la democracia.

El fin de semana pasado ofreció un ejemplo claro en varios países a la vez. En Francia, protestas por el coste de la vida fueron parasitadas por grupos de ultraizquierda organizados que atacaron edificios públicos, saquearon comercios y se enfrentaron de forma sistemática a la policía. Un ayuntamiento histórico acabó gravemente dañado. En Milán ocurrió algo muy parecido: marchas contra la carestía derivaron en enfrentamientos en la plaza del Duomo, con jóvenes encapuchados prendiendo fuego a barricadas, lanzando objetos contundentes y saqueando tiendas del centro. Incidentes similares se registraron en otras ciudades del norte de Italia. La respuesta institucional fue contundente en ambos casos, pero el marco interpretativo en buena parte de la izquierda política y mediática siguió siendo el mismo: se condena la violencia “en abstracto” mientras se enfatiza el contexto social que la habría provocado.

En Portugal, las acampadas por la vivienda en Lisboa y Oporto —claramente inspiradas en el modelo español— ocuparon plazas centrales durante días. La policía las desalojó de madrugada con detenciones por desobediencia. No alcanzaron el nivel de destrucción de Francia o Italia, pero ilustran la misma lógica de ocupación prolongada del espacio público como herramienta de presión.

En España, la acampada de la Puerta del Sol lleva más de tres semanas. Nació de un caso concreto de desahucio y reclama medidas de vivienda. Ha contado con el respaldo explícito de formaciones y figuras a la izquierda del PSOE, y con el tiempo ha incorporado colectivos más radicales. No es un escenario de incendios masivos, pero sí de ocupación sostenida de una plaza emblemática, con asambleas, infraestructura propia y una narrativa que desafía la autoridad municipal. Algunos de los grupos que han ganado peso en ella han usado un lenguaje que normaliza la confrontación callejera.

Lo relevante no es que existan problemas reales de coste de vida o de vivienda —existen—. Lo relevante es la doble vara. La violencia organizada de la ultraizquierda (ataques a policía, destrucción de patrimonio, saqueos) se relativiza o se explica como consecuencia de políticas que “no escuchan”. La mera posibilidad de que la derecha gane elecciones o endurezca normas se presenta como peligro existencial. Esta asimetría no es accidental: forma parte de una estrategia de movilización. El miedo a la extrema derecha sirve para aglutinar votos y deslegitimar a cualquier competidor que hable de orden o de límites. Mientras tanto, la capacidad de la extrema izquierda para generar caos callejero se trata como un mal menor o como expresión legítima de descontento.

El efecto político es predecible. Cada escena de destrucción o de ocupación indefinida refuerza en una parte de la población la idea de que las instituciones no controlan la calle y de que solo quien promete autoridad puede restaurarla. Quienes justifican o minimizan esa violencia acaban, sin querer o queriendo, alimentando exactamente el fenómeno al que dicen oponerse. La pregunta no es si la extrema derecha merece vigilancia democrática —toda fuerza que pretenda restringir derechos básicos la merece—. La pregunta es por qué esa vigilancia se convierte en pánico selectivo mientras se mira con indulgencia a quienes ya están destruyendo el orden público en el presente.

El orden no se defiende solo con discursos. Se defiende cuando se condena con la misma contundencia la violencia venga de donde venga, y cuando se deja de usar el miedo a un extremo como coartada para relativizar al otro. Mientras eso no ocurra, el ciclo de caos y reacción se seguirá alimentando solo.

Por: Salvador Levy – Analista politico

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