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Martín Valerio Jiminián

La rebeldía de leer

Leer no es rebeldía por el solo hecho de abrir un libro. Cualquiera abre un libro. La rebeldía empieza cuando el texto se lee contra el uso que ya se le tenía reservado: no para confirmar una causa, reunir una cita o armar la respuesta, sino para averiguar si lo que íbamos a decir sigue en pie.

Esa distinción importa porque la lectura también sirve a la soberbia. Una biblioteca abundante puede convivir con una pobre disposición para escuchar. Se lee para exhibir nombres, blindar convicciones o llegar a la conversación con munición ya cargada. En ese caso el conocimiento no corrige: solo vuelve más hábil el prejuicio. La página favorable se subraya; la adversa se hojea. Llamamos atención a lo que en rigor es selección.

La prueba no está en el tiempo que el libro nos retiene. Está en lo que hacemos cuando una página nos contradice. ¿La examinamos con el cuidado que concedemos a lo que nos favorece? ¿Reconocemos la fuerza de un argumento escrito por alguien con quien discrepamos? ¿Estamos dispuestos a abandonar una afirmación que ya defendimos en público? Mientras la respuesta sea no, no hemos leído: hemos administrado un texto.

Quien litiga, juzga, gobierna o representa intereses conoce esa tentación de cerca. El expediente llega con una tesis previa. La parte contraria queda reducida a la etiqueta que permite descartarla. Se busca en el escrito el párrafo que confirma y se pasa por alto el que obliga a rehacer el propio. El juicio apresurado ofrece entonces una satisfacción profesional: creer que ya sabemos de qué se trata el asunto, y de quién. Permanecer en el texto adverso —en la demanda, en el alegato, en el informe que estorba— no es cortesía. Es la condición para que la discrepancia responda a lo que realmente se sostiene, y no a la versión que nos convenía oír.

Esa exigencia no termina al cerrar el libro, ni al cerrar el expediente. Allí empieza la parte que la lectura suele privatizar. Se puede comprender en silencio y hablar después como si no se hubiera comprendido. La atención, guardada para uno, no corrige el debate: solo lo vuelve más injusto, porque quien leyó dispone de una ventaja que no declara. La rebeldía pide lo contrario. Obliga a devolver, en la réplica, lo que el otro dijo de veras, incluso cuando ese fragmento debilita la causa propia. Citar con fidelidad al adversario es más incómodo que citar al aliado. También es más digno. Una persona escuchada hasta el final recupera su historia y sus motivos; nuestra crítica, si persiste, tendrá que medirse con ellos.

Conviene desconfiar, por eso, del elogio fácil de la lectura. Permanecer en un párrafo cuando el teléfono reclama atención es un gesto necesario, pero todavía pequeño. La prisa explica por qué abandonamos la página. No explica por qué la usamos. Se puede leer despacio y leer mal: despacio para fortificar lo que ya se pensaba. La libertad interior no consiste en acumular páginas, sino en aceptar que una de ellas puede exigir una retractación.

Abrir un libro es apenas el comienzo. La prueba llega después, cuando lo cerramos y alguien —en la audiencia, en la mesa, en la plaza— dice lo que no queremos oír. Entonces se ve si leímos para entender o para no tener que ceder. La rebeldía de leer no levanta la voz. Se nota en otra parte: en la frase que ya no repetimos, y en la objeción ajena que nos vimos obligados a recoger antes de responder.

 

Por: Martín Valerio Jiminian

Abogado

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