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Salvador Levy

Partido Reformista Social Cristiano, primer partido dirigido por WhatsApp

De la plaza al chat: anatomía de un partido histórico que cabe en un teléfono

En la sede de la avenida Tiradentes, entre banderas rojas y bajo el retrato de Joaquín Balaguer que todavía preside el salón, los delegados del Partido Reformista Social Cristiano levantaron la mano el sábado pasado para ratificar a Federico «Quique» Antún Batlle como presidente hasta 2030. Horas después, el diputado Rogelio Alfonso Genao Lanza renunció tras 37 años de militancia. Entre la convención y la carta de salida, la conversación que de verdad importaba ocurrió en otro lugar: quién habla con quién, qué se filtra y qué se posterga. Ocurrió en grupos de WhatsApp.

Leída de prisa, la frase que da título a esta columna parece un chiste de redes o una ocurrencia de relaciones públicas. Quedarse en lo anecdótico, sin embargo, sería un error de análisis. Lo que el PRSC exhibe hoy no es una curiosidad tecnológica, sino un experimento involuntario de reorganización partidaria que condensa, en pequeña escala, las contradicciones de la democracia representativa contemporánea.

El caudillo y la pantalla

Para medir el contraste conviene hacer memoria institucional. El PRSC no nació en una incubadora de startups. Fruto de la fusión, en 1984, del reformismo balaguerista con el socialcristianismo, fue durante décadas el arquetipo del partido de cuadros y masas del Caribe: jerárquico, vertical, clientelar, organizado en torno a la figura hipertrofiada del caudillo y sostenido por la presencialidad del local, la marcha de calle y el apretón de manos. Conserva el lema de «ni injusticias, ni privilegios» y la memoria de los gobiernos de Balaguer. Lo que ya no conserva es la musculatura.

Con apenas un 0,87 % en la casilla presidencial de 2024 y una representación legislativa mínima, el partido ha adelgazado su estructura formal hasta un punto en que la coordinación cotidiana, la distribución de consignas y hasta la gestión del descontento pasan antes por la mensajería instantánea que por los estatutos o las secretarías. No es un fenómeno exclusivo del reformismo: el PRM tiene su canal oficial y otros partidos acuerdan posturas en grupos cerrados antes de cada rueda de prensa. Lo distintivo del PRSC es que, en su hora de mayor debilidad, la informalidad digital ha dejado de ser un complemento de la organización para convertirse en su principal mecanismo de dirección. Cuando el voto propio escasea, el poder no se ejerce desde el directorio, sino desde el chat de la cúpula.

La promesa líquida

En teoría, la mudanza tiene algo de seductor. Manuel Castells describió la sociedad red; Zygmunt Bauman, la modernidad líquida. Los partidos tradicionales, aplastados por burocracias lentas y sedes vacías, buscan en la tecnología una vía rápida de resucitación. La promesa suena incluso hiperdemocrática: horizontalidad, inmediatez, costos logísticos casi nulos, conexión directa entre la dirigencia y las bases en tiempo real.

Pero la ciencia política tenía nombre para este fenómeno mucho antes de que existiera la doble palomita azul. Los estudios sobre personalización de la política y sobre los «partidos cártel» de Katz y Mair advertían que, a medida que las organizaciones pierden densidad militante y financiamiento propio, el poder se concentra en líderes que gestionan redes. WhatsApp no inventa esa lógica: la acelera y la vuelve visible. No exige sedes locales permanentes ni congresos con actas; exige un administrador, una lista de contactos actualizada y la capacidad de silenciar o expulsar a un disidente con un toque. Es la versión digital del viejo clientelismo de intermediarios, con una diferencia decisiva: el intermediario ya no es el caudillo provincial, sino el propio teléfono del dirigente nacional.

Tres objeciones de fondo

La mediación tecnológica nunca es neutral; la forma condiciona el fondo. De ahí se desprenden tres problemas.

El primero es la deliberación. Giovanni Sartori advertía, en Homo videns, que el paso del debate escrito y pausado a la inmediatez fragmentada convertía la política en espectáculo. Un grupo de WhatsApp está diseñado para el estímulo breve: mensajes cortos, notas de voz apresuradas, reacciones con emoticonos. ¿Puede elaborarse una doctrina, seleccionarse con rigor una candidatura o redactarse un programa de gobierno en un espacio donde cada propuesta compite en la pantalla con un sticker y un meme? La deliberación democrática exige tiempo, escucha y contraste de argumentos; el chat premia la velocidad y castiga la extensión.

El segundo es la centralización encubierta. La ilusión de horizontalidad digital suele enmascarar un centralismo aún mayor. En un grupo, el administrador decide quién entra, quién sale, quién habla y cuándo se silencia la conversación. La «ley de hierro de la oligarquía» de Robert Michels, según la cual toda organización termina dominada por una élite reducida, no se deroga con la tecnología: simplemente cambia de domicilio y se instala en el botón de «solo administradores pueden enviar mensajes». La renovación real pasa a depender de que el dueño del chat la permita.

El tercero es la transparencia. La política democrática necesita luz y taquígrafos: actas, asambleas debidamente convocadas, registros que los órganos electorales puedan auditar. Un partido es una entidad de derecho privado con funciones públicas, sujeta en nuestro caso a la Ley 33-18 de Partidos. Cuando sus decisiones se toman en conversaciones privadas y cifradas, se borra la frontera entre la institucionalidad pública y la mensajería personal, y queda en el aire cómo se fiscaliza la validez de un acuerdo adoptado en un hilo de chat.

Genao Lanza: el síntoma con nombre propio

Antún habla de renovación, de incorporar jóvenes y mujeres y de recuperar una presencia de dos dígitos en 2028; la entrada de figuras como Linette González en la directiva apunta en esa dirección. Pero la salida de Genao Lanza, vocero del bloque y uno de los escasos legisladores propios, desnuda la tensión. El diputado cuestionó la falta de dirección y el trato a los dirigentes históricos. En un partido cohesionado por cadenas de mensajes, esas quejas no se discuten en comisión: se discuten, o se entierran, en el mismo medio que sostiene la estructura. Cuando la organización formal es débil, las decisiones tomadas en chats privados producen lealtades y resentimientos que los estatutos ya no alcanzan a canalizar.

Balaguer por otros medios

Aquí está quizá la clave más fina del asunto. Balaguer gobernó con una mezcla de institucionalidad formal y control personal muy denso. Sus herederos operan con una institucionalidad formal más frágil y un control personal mediado por la pantalla. No es una ruptura con el balaguerismo, sino su continuación por otros medios: el mismo verticalismo, ahora con notificaciones push. El resultado es un partido capaz de reaccionar rápido a la coyuntura, pero con serias dificultades para construir organización durable o para incorporar voces que no estén ya dentro del grupo.

El PRSC no es necesariamente el primero en dirigirse así, pero sí el ejemplo más nítido de un tránsito que atraviesa a buena parte del sistema dominicano y latinoamericano: el desplazamiento del espacio real de deliberación desde la sede hacia el chat. Revela, sobre todo, la urgencia de las estructuras tradicionales por alcanzar a una ciudadanía que ya no va a los mítines y que procesa la realidad a golpe de pulgar.

La pregunta para 2028 es si esa dirección digital logrará revigorizar el músculo democrático de un partido histórico o si terminará reduciendo la alta política a una notificación más en el ruido de la vida diaria. La tecnología puede acelerar los mensajes. Todavía no ha inventado el algoritmo capaz de sustituir el pensamiento político ni el compromiso democrático real. Y, sin ellos, lo que quedará será un grupo de chat con bandera.

Por: Salvador Levy- Analista politico

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