Categories

Martín Valerio Jiminián

La vida no tiene argumento, hasta que la contamos

La vida no tiene argumento: lo adquiere cuando la contamos. Y como el relato que hacemos de nosotros mismos determina lo que esperamos y lo que estamos dispuestos a asumir, contarnos bien no es un mero ejercicio literario, sino una forma de responsabilidad personal. La literatura, con su larga tradición de personajes que yerran y responden por sus actos, es una de las mejores escuelas para aprenderlo.

Vivimos sin conocer el desenlace. Una despedida que parecía definitiva resulta ser un comienzo; una oportunidad perdida cambia de sentido cuando descubrimos adónde nos habría llevado; una conversación trivial permanece en la memoria mientras olvidamos lo que entonces creíamos decisivo. Mientras ocurren, los hechos no parecen relacionarse entre sí. Solo al narrarlos encontramos el hilo.

A veces la literatura resulta más atrayente que la vida. No porque mienta, sino porque tiene una forma más elegante y ofrece una experiencia más intensa: allí cada escena pesa, cada gesto significa y nada sobra. Admitirlo incomoda, porque contradice una convicción extendida —que ninguna invención compite con la riqueza de lo real—, pero no le falta razón. Un día cualquiera está hecho de esperas, repeticiones y conversaciones que no llevan a ninguna parte; las grandes revelaciones rara vez se anuncian.

La novela ordena ese material. Escoge una escena, se detiene en un gesto, recupera una frase y nos deja advertir su peso. Nos da, además, lo que la vida cotidiana nos niega: acceso a la intimidad ajena. En sus páginas acompañamos una vacilación, escuchamos un pensamiento vergonzoso, medimos la distancia entre una intención y sus consecuencias. Por eso una historia enteramente inventada puede describir con precisión una emoción que nunca habíamos sabido nombrar. Cuántas veces hemos entendido antes la desgracia de un personaje que la nuestra.

Algo parecido ocurre cuando contamos nuestra propia vida. Ante la pregunta de quiénes somos, respondemos con una selección: un lugar de origen, una dificultad superada, una persona decisiva, una ruptura. Dejamos fuera años enteros y establecemos jerarquías. Y el relato cambia con el tiempo: la decisión que a los veinte años parecía valentía puede revelar, a los cuarenta, una buena dosis de imprudencia. Los hechos permanecen; cambia la luz con que los miramos.

Esa libertad para reinterpretar tiene un precio: exige honestidad. Es tentador ordenar la memoria para quedar siempre del lado de la razón, atribuyendo los errores a las circunstancias, los aciertos al carácter y las pérdidas a la incomprensión ajena. Es una tentación muy de nuestro tiempo, que con frecuencia confunde explicar con excusar y prefiere los relatos en los que la culpa está siempre en otra parte. Un relato así resulta cómodo, pero empobrece: quien nunca se reconoce responsable de nada tampoco se reconoce capaz de nada.

La gran literatura corrige esa inclinación. De la tragedia griega a la novela moderna, la tradición nos ha enseñado a convivir con personajes contradictorios, motivos inciertos y decisiones que admiten más de una lectura, pero cuyas consecuencias alguien tiene que asumir. Después de acompañar esas vidas, estamos mejor dispuestos a revisar la nuestra: a reconocer la responsabilidad que eludimos y, también, a juzgar con justicia a quien fuimos.

Por eso importa cómo nos contamos. Quien interpreta cada tropiezo como prueba de su incapacidad acaba esperando poco de sí mismo; quien se narra como víctima permanente renuncia a la parte de su destino que sí le pertenece. Tampoco conviene el exceso contrario: convertir cada sufrimiento en una lección obligatoria puede negarnos el tiempo necesario para sentirlo. La historia que elegimos delimita las posibilidades que creemos tener por delante, y elegirla con rigor es un ejercicio de libertad.

Conviene, con todo, la prudencia de dejar algunas páginas abiertas. Ciertos episodios todavía no tienen explicación, y algunas pérdidas conservarán su dolor aunque sepamos narrarlas. Ningún relato contiene una vida entera; quizás por eso seguimos leyendo: otras historias amplían las palabras de que disponemos para comprender la nuestra.

La vida no tiene argumento hasta que la contamos. Pero contarla no basta: hay que hacerse cargo de lo contado y aceptar que, aun entonces, queda la posibilidad de comprenderla de otra manera.

Por Martín Valerio Jiminián

Abogado

Forgot Password

Header Ad
Right Ad
Header Ad