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Martín Valerio Jiminián

No confundamos estrés con responsabilidad

Un examen. Una entrega. Una llamada de atención. Una derrota deportiva. Una mala nota. O, simplemente, la obligación de hacer algo que no les provoca. Para cualquiera de esas cosas, nuestros hijos ya tienen una sola palabra: estrés. Y nosotros, los adultos, se la compramos sin preguntar. Vivimos en la era del lenguaje terapéutico de TikTok, donde cualquier incomodidad se traduce en trauma y cualquier límite en agresión. Y a estas alturas, hay que llamarlo por su nombre: no todo lo que incomoda a un hijo es una herida psicológica. Muchas veces es, sencillamente, responsabilidad.

Que quede claro antes de que alguien se apure a cancelar el argumento: puedo reconocer que la ansiedad y la depresión existen, que son reales, sin estar de acuerdo con el significado que hoy, como sociedad, les estamos dando. Durante demasiado tiempo se educó bajo la idea de que sentir o pedir ayuda era debilidad, y haber empezado a corregir eso es un avance genuino. Pero convertir esa corrección en un dogma que no admite matices no es progreso: es otra forma de infantilizar.

Porque existe una posibilidad incómoda de la que casi nadie quiere hablar: que estemos patologizando la responsabilidad. Que le estemos poniendo diagnóstico a lo que en realidad es, simple y llanamente, crecer.

No todo lo que incomoda hace daño. No toda presión es abuso. No toda consecuencia es un castigo. Y no todo lo que produce estrés tiene que desaparecer de la vida de un hijo solo porque a nosotros nos incomoda verlo incómodo.

Hay una diferencia enorme entre someter a un joven a una presión destructiva y exigirle que responda por sus actos. Seguimos confundiéndolas, y esa confusión tiene un costo: la vida adulta no cancela las fechas límite porque alguien esté cansado, un jefe no se va a reorganizar alrededor del estado de ánimo de nadie, y las decisiones equivocadas siguen produciendo consecuencias, le guste a quien le guste.

La pregunta que deberíamos estar haciéndonos no es cómo lograr que nuestros hijos nunca sientan presión. Esa pregunta ya fracasó. La pregunta es cómo enseñarles a sostenerla sin quebrarse. Y ahí está la diferencia que estamos borrando.

Durante años confundimos fortaleza con silencio —y lo reconozco, esa es también mi propia forma de procesar las situaciones—, y eso hizo daño real. Ahora nos fuimos al extremo contrario: confundimos bienestar con ausencia total de incomodidad, y eso también está haciendo daño. Educar no es fabricar una carretera sin obstáculos. Es preparar a alguien para conducir cuando aparezcan, no llamar a una grúa cada vez que frenan.

Al que no entregó el trabajo, que le llegue la consecuencia de no entregarlo. Al que llega tarde siempre, que le quede claro que el tiempo de los demás también vale. Al que dio su palabra, que aprenda que su palabra genera expectativas que no puede romper cada vez que le resulta incómodo cumplirlas. La primera reacción de un padre ante el fracaso de su hijo no tiene por qué ser eliminarle la frustración. A veces acompañar es exactamente lo contrario: dejarlo enfrentar lo que él mismo provocó. Eso también es amor, aunque no se sienta como amor.

El mayor problema de los padres de hoy no es que quieran demasiado a sus hijos. Es que, con más información, más capacidad de intervenir gracias al teléfono que llevamos en el bolsillo y mejores condiciones que las que tuvieron nuestros propios padres, no logramos resistir el impulso de resolverlo absolutamente todo antes de que duela. Poder remover una piedra del camino no significa que tengamos que hacerlo siempre. A veces significa exactamente lo contrario.

Hay cosas que ningún discurso, ningún terapeuta de Instagram y ningún podcast de bienestar pueden enseñar: esperar, perder, equivocarse, pedir disculpas, volver a empezar, cumplir sin ganas, aceptar un no. Todas incomodan. Algunas producen estrés. Todas, sin excepción, forman carácter. El músculo crece porque encuentra resistencia, no porque lo eximamos de cargar peso.

Ahora, el límite, para que nadie lo use de excusa: un niño o adolescente genuinamente desbordado necesita atención, comprensión y ayuda profesional, sin condiciones. Ninguna defensa de la responsabilidad puede convertirse en excusa para ignorar sufrimiento real. La disciplina sin empatía solo produce obediencia, no seres humanos equilibrados. Pero seamos igual de honestos con el otro lado: la empatía sin responsabilidad también tiene un precio, y ese precio lo paga el hijo, no el padre que se sintió bien consolándolo.

Porque llegará el día en que nuestros hijos salgan de los espacios que hoy controlamos, y el mundo no va a negociar con ellos como lo hacemos nosotros en casa. Ahí, de golpe, van a descubrir que la libertad viene con una compañera de la que nadie les habló: la responsabilidad. Y la van a conocer sin anestesia, justo cuando ya no estemos ahí para amortiguar el golpe.

Nuestra tarea como padres no es evitarles todo peso. Es enseñarles cuál vale la pena cargar. Escucharlos cuando algo les duele, sí, pero también preguntarles qué parte de eso les corresponde a ellos.

Hay una pregunta que deberíamos empezar a hacernos cada vez que un hijo nos diga que algo le genera estrés, en lugar de correr a validarlo automáticamente: ¿esto te está haciendo daño o te está exigiendo crecer?

No siempre será fácil distinguirlo. Pero hay que hacer el esfuerzo, porque la alternativa es peor. Si seguimos confundiendo incomodidad con sufrimiento, exigencia con agresión y responsabilidad con estrés, vamos a criar una generación sobreprotegida de las dificultades y, al mismo tiempo, brutalmente mal preparada para enfrentarlas. Y esa contradicción, tarde o temprano, se cobra factura.

Nuestros hijos necesitan saber que pueden acudir a nosotros cuando el peso sea demasiado grande. Pero también necesitan que alguien les diga, sin miedo a sonar duro, que son capaces de cargar mucho más de lo que ellos mismos creen. Y quizás esa —no la sobreprotección disfrazada de empatía— sea la forma más honesta de quererlos.

Por .– Martin Valerio Jiminián
Abogado 

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