

Sor Geneviève, quien actualmente vive en una caravana dentro de un circo en Roma, mantenía una relación cercana con el pontífice. Cada miércoles acudía al Vaticano para visitarlo, y en varias ocasiones, fue el propio Papa quien se desplazó hasta su modesta residencia rodante para compartir tiempo con ella. Su vínculo iba más allá de lo institucional: era una amistad forjada en la humildad y la fe compartida.


El gesto de la monja ha sido interpretado como un acto de profundo amor y respeto, y ha conmovido tanto a los fieles como a los asistentes al acto. Su historia pone de relieve el lado más humano del Papa Francisco y muestra cómo, incluso en las altas esferas eclesiásticas, los lazos personales pueden sobreponerse al protocolo.




