

Un legado desde 1506
La Guardia Suiza fue creada oficialmente el 22 de enero de 1506 por el Papa Julio II, quien solicitó la presencia de soldados suizos por su reputación de valentía, fidelidad y habilidades en combate. Desde entonces, los guardias han permanecido al servicio del Santo Padre, brindándole protección en tiempos de paz y guerra.
Uno de los episodios más recordados de su historia ocurrió durante el Saqueo de Roma en 1527, cuando 147 guardias murieron defendiendo al Papa Clemente VII, permitiéndole escapar a través del Passetto di Borgo, un pasadizo secreto entre el Vaticano y el Castel Sant’Angelo.


Un símbolo de disciplina y fe
Aunque su llamativo uniforme renacentista —de vivos colores azul, rojo y amarillo— es muchas veces confundido con una creación de Miguel Ángel, en realidad fue diseñado en el siglo XX, inspirado en pinturas de la época. Sin embargo, más allá de su estética, la Guardia Suiza es un cuerpo militar altamente preparado.
Para formar parte de sus filas, los requisitos son estrictos: los candidatos deben ser hombres suizos, católicos practicantes, tener entre 19 y 30 años, haber completado la formación militar básica en el ejército suizo y medir al menos 1,72 metros de estatura. La selección busca asegurar una presencia imponente, pero también una fuerte vocación espiritual y compromiso con el servicio.

Más que una guardia ceremonial
Además de sus tareas de protección directa al Papa, los miembros de la Guardia Suiza cumplen funciones de escolta en ceremonias oficiales, vigilancia de entradas al Vaticano y recepción de dignatarios extranjeros. Su día a día está regido por una estricta disciplina, un código de conducta sólido y un juramento de fidelidad que refuerza el carácter único de este cuerpo.
Un emblema vivo de la historia
A pesar de los siglos transcurridos y los profundos cambios que ha experimentado el mundo desde su fundación, la Guardia Suiza Pontificia sigue representando una tradición de continuidad, devoción y servicio. Su permanencia como el ejército profesional más antiguo aún en activo no es solo una curiosidad histórica, sino un recordatorio del vínculo entre el pasado y el presente dentro del corazón del catolicismo.






