Cuatro horas desde Santo Domingo bastan para encontrar otro ritmo, otro sol, otra historia. La vuelta al Lago Enriquillo no es solo un viaje al punto más bajo del Caribe; es una travesía sensorial entre cactus, cocodrilos y aguas minerales, entre los susurros del viento del sur y la memoria viva de las provincias Bahoruco e Independencia.
Todo empieza con lo esencial: buena compañía, bloqueador solar y bañadores listos para cada salto de agua. El camino, aunque largo, se aligera con paisajes que se abren como postales en movimiento. El asfalto se calienta al paso de las horas, pero también lo hace la emoción de entrar en una de las zonas más ricas en biodiversidad e historia del país.
La primera escena se enmarca junto a la estatua del indio, a la entrada de Duvergé, un símbolo que custodia el inicio de la ruta y que invita a la primera sesión de fotos: cámaras al aire, sonrisas sinceras, el Caribe profundo desplegándose al fondo. Desde ahí, todo parece fluir con naturalidad.
Y así llegamos a La Zurza, el primer chapuzón del día. No es un balneario cualquiera: su agua azufrada brota del mismo suelo, como si la tierra respirara. El olor es fuerte, mineral, pero también revitalizante. Rodeado de verde y rocas, el lugar tiene algo de santuario natural. Es fácil llegar —está justo al lado de la carretera secundaria RD-46 que lleva a El Limón y Jimaní—, pero al sumergirse, uno siente que ha descubierto un secreto.
El viaje continúa, entre pueblos polvorientos, miradores que regalan vistas al lago inmenso y detenciones espontáneas para comprar frutas o simplemente conversar con los lugareños. Es el sur dominicano, con su sol inclemente y su hospitalidad imbatible.
La vuelta al Lago Enriquillo no es solo un paseo: es un reencuentro con lo elemental. Un recordatorio de que, a veces, hay que alejarse para ver más cerca lo que somos: tierra, agua, historia y asombro.




