Secretario de los EE.UU., Marco Rubio: Muchas gracias. Estamos aquí reunidos como miembros de una alianza histórica; una alianza que salvó y cambió el mundo. Cuando esta conferencia se celebró por primera vez en 1963, fue en una nación —o, mejor dicho, un continente— dividida. La línea divisoria entre comunismo y libertad atravesaba el corazón de Alemania. Las primeras vallas de alambre de espino del Muro de Berlín se habían alzado solo dos años antes.
Y meros meses antes de esa primera conferencia, antes de que nuestros predecesores se reunieran por vez primera aquí, en Múnich, la crisis de los misiles había llevado al mundo al borde de una catástrofe nuclear. Aún con las heridas de la Segunda Guerra Mundial abiertas, tanto en Europa como en América, nos vimos encañonados por una nueva catástrofe global por delante; una capaz de un nuevo tipo de destrucción, más final y apocalíptico que nada antes visto en la historia de la humanidad.
Cuando nos reunimos aquí por primera vez, el comunismo soviético campaba a sus anchas. La milenaria historia de la civilización occidental pendía de un hilo. Entonces, la victoria no estaba asegurada, pero teníamos un objetivo común: estábamos unidos no solo contra lo que estábamos luchando sino por lo que estábamos luchando. Y trabajando juntas, Europa y América prevalecieron; reconstruyeron un continente. Nuestros pueblos prosperaron y, con el tiempo, se reunieron los bloques occidental y oriental. Una vez más, se unificó una civilización.
El infame muro que hendió esta nación se derrocó junto con el vil imperio que lo erigió, convirtiendo este y oeste en uno. Pero la euforia de este triunfo nos convenció de un peligroso delirio: que habíamos entrado, y cito, «el fin de la historia», que todas las naciones serían democracias liberales, que los lazos atados con el comercio bastarían por sí y sustituirían a la nación, que el orden global —un término del que se abusa— basado en las normas tomaría el lugar de los intereses nacionales y que viviríamos en un mundo sin fronteras donde todos seríamos ciudadanos del mundo.
Una idea necia que ignoraba no solo la naturaleza humana, sino las lecciones aprendidas a lo largo de los más de cinco milenios de historia humana. Y pagamos por ese error. Este delirio nos hizo adoptar una visión dogmática de comercio libre y sin restricciones, incluso cuando algunas naciones protegían sus economías y subvencionaban sus empresas para minar a las nuestras: cerrando nuestras plantas, desindustrializando a gran parte de nuestras sociedades y deslocalizando millones de trabajos de todo tipo a otros continentes, dándole las llaves de nuestras cadenas de suministro a adversarios y rivales.
Externalizamos nuestra soberanía más y más, cediéndole más a instituciones internacionales mientras que muchas naciones invertían en Estados del bienestar, sacrificando sus capacidades de autodefensa. Hacían esto al tiempo que otros países destinaban sus recursos a las expansiones militares más rápidas de la historia, demostrando que estaban dispuestas a hacer uso de su poder duro para cumplir sus propios objetivos. Nos hemos autoimpuesto medidas energéticas que empobrecen a nuestros pueblos para apaciguar a una secta climática, incluso mientras nuestra competencia sigue explotando carbón, crudo y gas natural y todo lo que sea; no solo para impulsar sus economías, sino para apalancarse contra las nuestras.
Y, en aras de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola nunca antes vista de inmigración masiva que pone en peligro la cohesión de nuestras sociedades, la continuidad de nuestra cultura y el futuro de nuestra gente. Cometimos estos errores juntos y ahora, juntos también, le debemos a nuestros pueblos enfrentarnos a esa realidad y seguir adelante y reconstruir.
Bajo el mandato del presidente Trump, los Estados Unidos recogerá una vez más el testigo de la renovación y restauración, impulsado por una visión de un futuro tan orgulloso y soberano y vital como el pasado de nuestra nación. Y aunque estamos preparados, de hacer falta, para hacerlo por nuestra cuenta, preferiríamos y esperamos poder hacerlo junto a ustedes, nuestros amigos europeos.
Porque Estados Unidos y Europa tenemos que estar juntos. Los EEUU se fundaron hace 250 años, pero sus raíces están aquí, en el Viejo Mundo. El hombre que construyó mi patria llegó a nuestras costas con las tradiciones y la fe cristiana de sus ancestros y un legado sagrado, un vínculo irrompible entre este continente y su destino.
Somos parte de una civilización, la occidental. Estamos unidos por los vínculos más hondos que cualquier nación podría compartir, fraguado a lo largo de siglos de historia, fe cristiana, cultura, legado, idiomas y linaje compartidos y, también, por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron para la civilización común que se nos legó.
Por eso a veces los estadounidenses podemos sonar algo directos y urgentes en nuestros intercambios. Por eso nuestro presidente exige seriedad y reciprocidad de sus amigos europeos. El porqué, amigos míos, es porque nos importan mucho no solo nuestro futuro sino el vuestro. Y aunque a veces no estemos de acuerdo, nuestros encontronazos vienen de una profunda preocupación por una Europa a la que estamos conectados —y no meramente de manera económica o militar— espiritual y culturalmente. Queremos que Europa sea fuerte. Creemos que Europa debe sobrevivir, porque las dos grandes guerras del siglo pasado son un recordatorio eterno de que nuestros destinos siempre estarán unidos, porque sabemos que el futuro de Europa nunca será insignificante para nosotros.
La seguridad nacional, sobre lo que versa esta conferencia, no se reduce a una serie de materias técnicas como cuánto gastamos en defensa o dónde, cómo la desplegamos… sí, son preguntas importantes, pero no son el corazón. La pregunta a responder es qué estamos defendiendo, exactamente, porque un ejército no lucha por una abstracción. Los ejércitos luchan por un pueblo, por una nación, por un modo de vida. Eso es lo que estamos defendiendo: una gran civilización que tiene motivos para enorgullecerse de su historia, que tiene fe en su futuro y que quiere ser dueña de su propio destino, tanto económica como políticamente.
Fue aquí, en Europa, donde se plantaron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo. Este fue el continente que nos dio el Estado de derecho, las universidades y la revolución científica, donde nacieron Mozart y Beethoven, Dante y Shakespeare, Miguel Ángel y Da Vinci, los Beatles y los Rolling Stones. Es aquí donde encontramos las arcadas de la Capilla Sixtina y las torres de la gran catedral de Colonia, estructuras que no solo dan fe de nuestro pasado o de la fe divina que inspiró estas maravillas, sino que son un preámbulo a lo que nos depara el futuro. Pero solo si aceptamos nuestro legado sin miramientos y nos enorgullecemos de nuestra herencia común podremos empezar a trabajar para imaginar y perfilar nuestros futuros económico y político.
La desindustrialización no era inevitable. Fue una decisión consciente, un proyecto económico a lo largo de décadas que despojó la riqueza de las naciones, que las dejó sin capacidad productiva y que les robó la independencia. La pérdida de control sobre nuestra cadena de suministros no fue una función de un sistema de comercio global próspero y sano. Fue necedad. Fue una transformación necia pero voluntaria de nuestra economía la que nos dejó dependientes de los demás para cubrir nuestras necesidades y peligrosamente vulnerables ante las crisis.
La inmigración masiva no es ni era una preocupación limítrofe con un impacto nimio. Era y sigue siendo una crisis que está transformando y debilitando todas las sociedades occidentales. Juntos podemos reindustrializar nuestras economías y reconstruir nuestras capacidades de defensa. Pero el trabajo de esta nueva alianza no puede centrarse exclusivamente en la cooperación militar y la recuperación de las industrias de antaño. También tendría que centrarse en avanzar, de la mano, hacia nuestros intereses comunes y hacia nuevas fronteras, dando rienda suelta a nuestra ingenuidad y creatividad, así como al espíritu dinámico necesario para construir un nuevo siglo occidental. Viajes comerciales espaciales, inteligencia artificial de última generación, automatización industrial y fabricación flexible; eso nos permitirá crear una cadena de suministros occidental para minerales claves y que esté protegida de extorsión de otras potencias. Nos ayudará a competir por cuotas de mercado en las economías del sur global. Juntos podemos no solo recuperar el control de nuestras industrias y cadenas, sino que podemos prosperar en los campos que definirán el siglo XXI.
Pero tenemos que recuperar el control de nuestras fronteras nacionales, controlar quién y cuánta gente puede entrar en nuestros países. Esto no es una postura xenófoba ni de odio, sino un acto de soberanía nacional. No hacerlo no solo es abdicar uno de nuestros deberes más básicos para con nuestro pueblo, sino rendirnos ante algo que no solo amenaza al tejido de nuestras sociedades, sino la supervivencia de nuestra sociedad.
Finalmente, no podemos situar el llamado «orden global» por encima de los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones. No tenemos por qué abandonar el sistema de cooperación internacional que creamos ni desmantelar las instituciones globales del viejo orden que antaño construimos. Pero tenemos que reformarlas, que reconstruirlas.
Por ejemplo, la ONU sigue teniendo el potencial para ser una herramienta para hacer bien en el mundo. Pero no podemos ignorar que a día de hoy, no ha tenido respuestas ni ha hecho nada ante los asuntos más preocupantes a los que nos enfrentamos. No pudo traer paz a Gaza. Fue el liderazgo estadounidense el que liberó a los cautivos de los bárbaros y que orquestó una frágil tregua. No solucionó la guerra en Ucrania. Hizo falta liderazgo, de nuevo, estadounidense, así como asociaciones con muchos países aquí presentes para que ambos países negocien una paz que todavía no se puede alcanzar.
No pudo limitar el programa nuclear de los clérigos chiitas radicales en Teherán. Hizo falta que bombarderos B-2 estadounidenses soltaran 14 bombas de precisión. Y no pudo responder a la amenaza contra nuestra seguridad por parte de un dictador narcoterrorista en Venezuela. Fueron las fuerzas especiales estadounidenses las que llevaron a este fugitivo ante la justicia.
En un mundo ideal, todos estos problemas y más se resolverían por diplomáticos con firmes resoluciones. Pero no vivimos en un mundo ideal y no podemos permitir que aquellos que siguen amenazando abierta y descaradamente a nuestros ciudadanos, poniendo la estabilidad global en peligro, se escuden tras las abstracciones del mismo derecho internacional que ellos ignoran.




