La reciente reunión del Consejo de Ministros con los coordinadores de las 12 mesas de Meta 2036 dejó un mensaje claro, directo y, sobre todo, urgente: el tiempo de observar ya pasó. Es momento de involucrarse, decidir y ejecutar.
El Presidente fue enfático. No basta con acompañar los procesos ni con delegar en equipos técnicos. Cada ministro está llamado a asumir un rol activo en la solución de los temas pendientes que hoy limitan la capacidad del país de alcanzar una meta ambiciosa, pero posible: duplicar el PIB en los próximos años.
Porque la realidad es simple: el crecimiento no ocurre por inercia. Se construye.
Y en ese proceso, hay dos tipos de gestión pública.
La que reacciona… y la que transforma.
La primera espera informes, pospone decisiones, se escuda en la burocracia y termina administrando problemas.
La segunda se involucra, destraba, articula y empuja soluciones. Esa es la que cambia países.
Hoy la República Dominicana no parte de cero. Tiene estabilidad macroeconómica, acceso a mercados, un sector privado resiliente y una ubicación estratégica privilegiada. Pero también tiene nudos estructurales que llevan años, en algunos casos décadas sin resolverse: trámites innecesarios, marcos regulatorios desactualizados, baja productividad en sectores clave, una sociedad descompuesta y una desconexión persistente entre política pública y realidad empresarial.
Ahí es donde entra el rol del ministro.
No como figura decorativa. No como vocero. Sino como ejecutor.
La instrucción presidencial fue clara: involucrarse en los temas que faltan. Y eso implica asumir responsabilidad directa en destrabar reformas, acelerar procesos y alinear instituciones.
Porque gobernar no es ocupar una silla.
Gobernar es tomar decisiones, aunque incomoden, aunque cuesten, aunque generen ruido.
Pero el problema no termina en el Poder Ejecutivo.
El Congreso de la República también tiene una cuota creciente de responsabilidad en este estancamiento silencioso. En lugar de actuar como un espacio de construcción de soluciones estructurales, en demasiadas ocasiones ha optado por el camino fácil: el populismo legislativo, la complacencia coyuntural y la respuesta a intereses particulares por encima del interés general.
Leyes mal diseñadas.
Iniciativas que no resisten análisis técnico.
Propuestas que buscan aplausos inmediatos, aunque comprometan sostenibilidad futura.
Legislar no es complacer.
Legislar es prever, equilibrar y construir viabilidad.
Cuando un congresista legisla para el titular del día, pero no para el país de mañana, está fallando en su rol esencial: representar con responsabilidad a sus electores.
Y cuando el Congreso se convierte en un espacio de improvisación, el costo no lo paga el político. Lo paga el ciudadano, la empresa, el empleo… lo paga el futuro.
Meta 2036 no es un documento. Es una hoja de ruta que exige coordinación real, seguimiento constante y, sobre todo, liderazgo.
El sector MIPYME que representa más del 98% del tejido empresarial, lo vive a diario. Cada traba, cada retraso, cada falta de decisión tiene un costo directo en productividad, empleo y crecimiento.
Meta 2036 no se va a lograr con discursos alineados y fotos institucionales.
Se va a lograr con decisiones incómodas, reformas postergadas y acciones coordinadas entre poderes del Estado.
Aquí no hay espacio para la pasividad ni para la ligereza.
El país tiene condiciones extraordinarias: estabilidad, apertura, sector privado dinámico. Pero también tiene un enemigo silencioso: la inercia institucional.
Y la inercia no se rompe sola.
Se rompe con liderazgo real.
Con ministros que ejecutan.
Con congresistas que legislan con criterio, no con cálculo político de corto plazo.
Porque cuando un ministro se desconecta, el sistema se ralentiza.
Pero cuando un ministro se duerme, el país pierde.
Y en un contexto global cada vez más competitivo, perder tiempo es perder oportunidades.
Porque mientras unos dudan, otros países avanzan.
Mientras aquí se discute, afuera se compite.
Y en ese escenario, el tiempo no es neutro: juega en contra.
La advertencia no es retórica. Es real:
Ministro que se duerme, se lo lleva la corriente.
Y Congreso que improvisa… se lleva al país con el.





