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Redacción

Los partidos políticos: imperfectos, pero necesarios

Los partidos políticos: imperfectos, pero necesarios

Es fácil atacar a los partidos políticos. En la República Dominicana, como en cualquier otro país, los partidos cargan con el peso de sus escándalos, sus nepotismos, sus caudillismos internos y su excesiva distancia de la ciudadanía. El PLD conoció la corrupción que acompaña al poder prolongado. El PRM enfrenta hoy sus propias tensiones internas sobre renovación y transparencia. El PRD, otrora gran partido de masas, lucha por recuperar relevancia. Las críticas a todos ellos son, en muchos casos, justificadas.

Pero los partidos políticos, con todos sus defectos, cumplen funciones insustituibles en una democracia representativa. Son los grandes articuladores de intereses colectivos: sin ellos, cada grupo de presión, cada sector económico, cada comunidad regional tendría que negociar individualmente con el Estado, lo que conduciría a un caos de relaciones particularistas imposible de gestionar. Son también los principales mecanismos de formación de cuadros políticos: el legislador que hoy llega al Congreso con una propuesta sensata sobre salud pública llegó allí después de años de militancia, de debates internos, de confrontaciones ideológicas que lo forjaron como actor político. Ese proceso de maduración no tiene sustituto.

Los candidatos que llegan al poder a través de los partidos políticos tienen, además, un compromiso de rendición de cuentas que va más allá del voto ciudadano cada cuatro años. Responden a su estructura partidaria, a sus militantes, a los acuerdos programáticos que asumieron durante su postulación. Pueden incumplirlos, sí; pero esos incumplimientos tienen consecuencias verificables y debatibles en el espacio público. La carrera política de un candidato partidario es un expediente abierto, auditado permanentemente por sus rivales internos y por el escrutinio de la militancia. Nada de eso existe para el candidato independiente, cuyo único contrato es con su propia consciencia.

La solución a los males de los partidos dominicanos no es eliminar a los partidos del proceso electoral. Es reformarlos, democratizarlos, exigirles transparencia en sus finanzas, modernizar sus mecanismos de selección de candidatos, abrir sus estructuras a la participación efectiva de la juventud y las mujeres. Esa es la tarea difícil pero necesaria. Reemplazar a los partidos con candidaturas independientes equivale a tratar una infección con amputación: se elimina el órgano enfermo, pero también el sano, y el paciente queda peor que antes.

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