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Samuel Ávila

Retórica, cenizas y cascos azules: El dilema de Haití en el teatro de la ONU

Mientras la diplomacia global se enreda en los pasillos de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York entre choques ideológicos y discursos inflamados, la realidad de Haití sigue midiéndose en balas, violencia territorial y el colapso sistemático del Estado. La reciente extensión del mandato de la Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF) e intervención de seguridad bajo el respaldo de la ONU evidencia el choque de dos mundos: el pragmatismo desgastado de la cooperación multilateral y el desencanto de un pueblo que ha visto fracasar cada promesa internacional de estabilización.

El púlpito de los choques globales

El debate en el foro de la ONU dejó al descubierto las fracturas geopolíticas de un orden global multipolar e inestable. La atribulada misión internacional en suelo haitiano no es ajena a esta parálisis: las diferencias entre potencias occidentales y bloques emergentes sobre el financiamiento, el uso de la fuerza y la legitimidad de las misiones multinacionales han ralentizado históricamente el envío efectivo de tropas y recursos. El cruce de reproches sobre quién es responsable de la crisis caribeña sirve como distracción, mientras las bandas armadas continúan disputando el control en Puerto Príncipe.

Soberanía nacional y el dilema de las tropas de paz

Desde la perspectiva de la seguridad y las relaciones internacionales, enviar tropas de paz o fuerzas de contención a Haití reabre una encrucijada recurrente:

El vacío del Estado: Una misión militar o policial internacional no puede sustituir la gobernanza ni institucionalidad que el país debe reconstruir por sí mismo.

El fantasma del pasado: Misiones anteriores (como la MINUSTAH) dejaron una huella amarga en la memoria colectiva haitiana por escándalos de abusos y negligencia sanitaria. Superar esa desconfianza es un desafío prioritario para las fuerzas aliadas.

Contención regional: Para los países vecinos, particularmente la República Dominicana, la presencia de una fuerza capacitada en suelo haitiano es vital para mitigar el desbordamiento humanitario, migratorio y criminal.

Entre la inacción y la urgencia

El foro de la ONU ha vuelto a demostrar que la diplomacia de tribuna no salva vidas en las calles de la Española. Apoyar la seguridad e integridad de Haití no debe traducirse en un ejercicio paternalista ni en una pieza de ajedrez geopolítico. La comunidad internacional debe respaldar con verdaderos recursos operativos —y no con tibias resoluciones financieras— la pacificación de Haití, siempre exigiendo un compromiso real a la clase política local para liderar su propio destino democrático.

Por: Lic. Samuel Ávila

 

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