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Martín Valerio Jiminián

Los veranos de una vida

El 4 de noviembre de 2009 el último out cayó en una sala que no era el Bronx. En la pantalla, Hideki Matsui acababa de impulsar seis carreras; los Yankees ganaban 7-3 a Filadelfia y cerraban, en el estadio nuevo, el campeonato número 27. En la casa, el marcador llegó de otra manera: un grito que despertó a alguien, una llamada que no hacía falta explicar, un abrazo más largo que la jugada y, en un rincón, la sonrisa de quien prefiere celebrar en silencio.

Seguir a los Yankees de Nueva York es, en el fondo, una manera de medir la propia vida. Cada verano el equipo regresa y nosotros volvemos con él, pero nunca somos los mismos: entre un verano y otro crecen los hijos, cambian las responsabilidades y aparecen ausencias que antes no sabíamos imaginar. Por eso lo que el béisbol nos deja no es tanto un marcador como el recuerdo de quiénes éramos y con quién estábamos cuando lo vivimos.

Durante meses, el juego nos ofrece una compañía casi diaria: una alineación que revisar, un partido que esperar, una victoria que comentar al día siguiente. Cuando llega octubre, esa familiaridad se convierte en vértigo. Cada lanzamiento pesa más, y nos sentamos ante la pantalla con la esperanza de que la temporada todavía tenga algo que darnos.

La de 2009 ocupa un lugar especial en esa memoria. Los Yankees conquistaron su campeonato número 27, el primero desde 2000: una espera que, para una afición acostumbrada a ganar, pareció todavía más larga. Nueve años alcanzan para que un muchacho se convierta en adulto y para que un adulto descubra cuánto daría por volver a ver un partido con quienes lo acompañaban entonces. Por eso algunos campeonatos se celebran con una alegría que las estadísticas no explican: en el instante del último out también comparecen otros años, otras habitaciones y otras voces.

Aquella temporada tenía, además, el significado de una mudanza. Los Yankees estrenaban estadio. La historia debía encontrar su lugar en una casa nueva, y al fanático le correspondía descubrir si podía reconocer allí la intimidad del viejo hogar. El campeonato, celebrado en ese terreno todavía ajeno, fue también la prueba de que la casa podía volverse propia.

Había rostros que ayudaban. Derek Jeter, Jorge Posada, Andy Pettitte y Mariano Rivera ofrecían la continuidad de una generación que muchos habían visto crecer. El turno de Jeter, el carácter de Posada, la mirada de Pettitte antes de lanzar y la entrada de Rivera formaban parte de una educación sentimental. Uno aprende los gestos de sus jugadores como aprende los de las personas cercanas: reconoce una postura, anticipa una reacción, cree detectar el cansancio o la confianza.

Para un fanático dominicano, aquella alineación tenía también la cercanía de Robinson Canó y Alex Rodríguez. En una oficina de Santo Domingo, o en la barbería de la esquina, bastaba uno de esos nombres para que la conversación cambiara de sitio. Alguien decía que Canó debía batear tercero; otro, que Rodríguez estaba frío y que de todos modos en octubre aparecería. Nadie de los que discutían había pisado el estadio. No hacía falta. El Bronx cabía en una mesa familiar, entre el café y el parte de la tarde, y durante una hora era un asunto tan nuestro como el tráfico o la lluvia.

Esa pertenencia tiene su exceso. El fanático de los Yankees puede reclamar en abril con la angustia de octubre, como si los campeonatos anteriores fueran una garantía del siguiente. El béisbol se encarga de corregir esa soberbia. Una pelota que cae entre dos defensores, un lanzamiento que se queda alto o un corredor que llega una fracción de segundo tarde pueden deshacer los pronósticos más seguros. La historia pesa sobre el uniforme, pero el resultado todavía hay que disputarlo.

Por eso la noche de Matsui importa menos como hazaña que como entrada. Una misma victoria cruzó miles de puertas distintas y, en cada una, se guardó menos la jugada que la compañía. Con los años hemos aprendido a esperar, a discutir, a ilusionarnos y a aceptar que una temporada puede terminar antes de lo que deseábamos. Y, aun así, seguimos volviendo.

Volvemos por el juego y por el uniforme, sí, pero sobre todo por las personas con quienes aprendimos a querer todo eso. A veces recordamos menos el jonrón que el abrazo que vino después; menos el marcador que la voz de quien estaba a nuestro lado.

Habrá nuevos jugadores y nuevas decepciones. Llegarán veranos en los que podremos ver casi todos los partidos y otros en los que la vida apenas nos permitirá consultar el resultado antes de dormir. La relación cambiará de ritmo, como cambian tantas cosas que perduran. Algún día, al escuchar un nombre o ver una vieja imagen de aquel otoño, volveremos por un instante a la silla que ocupábamos entonces y comprobaremos cuánto de nuestra vida ha transcurrido entre una temporada y otra.

Quizá por eso seguimos esperando el próximo verano. Todavía hay partidos por compartir, recuerdos por construir y un lugar reservado para nosotros cada vez que los Yankees salen al terreno.

 

“Una vez Yankee, siempre un Yankee” – Tony Lazzeri.

 

 por/ Martín Valerio Jiminián

Abogado

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