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Jonathan Cabrera

Ya no es el cine: las redes sociales como soft power

Hollywood tardó un siglo en convencer al mundo de que vivir como un estadounidense era deseable. Las redes lo hacen sin guion ni taquilla. Joseph Nye definió el soft power como la capacidad de conseguir lo que quieres por atracción y no por coerción. La película dura dos horas. El feed no termina nunca.

En 2011 la plaza digital era sinónimo de libertad. Un estudio de la Universidad de Washington analizó más de tres millones de tuits, además de YouTube y blogs, y concluyó que las redes difundieron mensajes de libertad y democracia por Norte de África y Medio Oriente y elevaron las expectativas de éxito de los levantamientos. En Egipto, los tuits sobre revolución pasaron de 2.300 a más de 230.000 diarios, y el apagón de internet probablemente aumentó el activismo. Su autor aclaró que las redes no causaron la revuelta, pero sí cambiaron la capacidad ciudadana de influir. Otros académicos creen que el efecto se exageró en Occidente.

La evidencia sobre conducta es más incómoda que apocalíptica. En un experimento aleatorio con usuarios estadounidenses, desactivar Facebook durante cuatro semanas redujo la actividad en línea, aumentó el tiempo con familia y amigos, bajó el conocimiento de noticias y la polarización, y mejoró el bienestar. Pero en los estudios de Meta sobre la elección de 2020, cambiar el algoritmo modificó lo que la gente veía y cuánto participaba, no sus actitudes políticas. Mi lectura: la red moldea más el hábito que la opinión. No te dice qué pensar; te acostumbra a pensar rápido.

La ventaja estadounidense es de infraestructura: la conversación mundial ocurre, en buena medida, en plataformas de su propiedad. Pero tener la plaza no equivale a caer bien. El índice de Brand Finance 2026 mantiene a EE. UU. en primer lugar, aunque con la caída más fuerte de las 193 marcas país, mientras China, segunda, supera a EE. UU. en reputación por primera vez. El mundo árabe lo resume: en 2018 más jóvenes se informaban por redes que por televisión y CNN era la fuente más confiable, pero el 57 % veía a EE. UU. como enemigo. Consumen el producto y desconfían del vendedor. El dato tiene ocho años: es un patrón, no una foto actual.

Quince años después, la escena se invirtió. En febrero, el socialista Pedro Sánchez anunció la prohibición de las redes a menores de 16 años y una reforma para hacer legalmente responsables a los ejecutivos de las plataformas. Francia, con el centrista Emmanuel Macron, aprobó en julio una ley que veta las cuentas nuevas de menores de 15 años desde el 1 de septiembre. Y este domingo, reelecto para un cuarto mandato, Lula prometió regular las plataformas. Habló de injerencia externa a través de redes digitales en la elección y dijo que el crimen digital debe tratarse como el crimen real.

Es una promesa, no una ley. Brasil ya tiene piezas: el proyecto de las fake news se archivó en 2024, el Supremo amplió en 2025 la responsabilidad de las plataformas y el ECA Digital rige desde marzo. El proyecto que el gobierno envió al Congreso en 2025 se aplazó por el año electoral. La oposición lo llama riesgo de censura, y el debate vuelve a comienzos de 2027.

Lo que encontré es regulación, no bloqueo: hay ventanilla y multas, no apagones. Bruselas ya multó a X con 120 millones de euros bajo la Ley de Servicios Digitales. Washington respondió con vetos de visa a cinco europeos, entre ellos Thierry Breton, y con aranceles del 50 % a Brasil, justificados en parte por supuesta censura. Macron habló de coerción contra la soberanía digital europea. Cada lado llama protección a lo suyo y censura a lo del otro. Incluso el Senado francés temió una afectación desproporcionada de libertades fundamentales.

China eligió otro modelo. Gary King, Jennifer Pan y Margaret Roberts analizaron millones de publicaciones de unos 1.400 servicios chinos y hallaron que las críticas al Estado, incluso las virulentas, no tienen más probabilidad de ser censuradas; lo que se borra es lo que pueda detonar acción colectiva. Se puede quejar uno, pero no convocar. Es la lección de 2011 convertida en arquitectura: el control social no persigue la queja, persigue la organización.

La misma herramienta fue amenaza para dictaduras, arma blanda para Washington y problema para aliados que ahora la regulan. China la encerró. La disputa ya no es por los mejores sueños, sino por quién tiene el interruptor de la plaza donde los demás sueñan, discuten y se organizan. Y la plaza, cuando el dueño pierde prestigio, sigue llena.

Por: Jonathan Cabrera

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