

En una remota aldea del este de Uganda, la vida de Musa Hasahya Kesera se ha convertido en un caso insólito que asombra al mundo: a sus 70 años, es padre de 102 hijos y abuelo de 578 nietos, y vive rodeado por más de 600 descendientes en condiciones de extrema precariedad.
Kesera comenzó a formar su numerosa familia en 1972, cuando contrajo matrimonio a los 17 años. Desde entonces, y amparado por la poligamia permitida en ciertas tradiciones locales, sumó 12 esposas, algunas de las cuales no sabían que él ya estaba casado. El crecimiento imparable de su familia se dio en un contexto social donde tener muchos hijos era visto como símbolo de estatus y forma de preservar el apellido.


Hoy, el patriarca no puede recordar los nombres de la mayoría de sus hijos ni de sus esposas. Depende de cuadernos antiguos y de la memoria de las madres para identificarlos. “Solo me acuerdo del primero y del último”, confesó a AFP.
La vida en la aldea está marcada por la pobreza. Su vivienda principal, en ruinas, y unas veinte cabañas de barro no alcanzan para albergar a toda la familia. La alimentación escasea, con suerte logran dos comidas al día, y muchos de los niños recorren largas distancias para conseguir agua o leña.
Con su salud deteriorada y sin empleo, Kesera admite hoy que no puede sostener a su gigantesca familia. “Ya he aprendido la lección de mi actitud irresponsable”, declaró, al confirmar que todas sus esposas ahora utilizan anticonceptivos, aunque él no adopta ningún método.
Su historia, más allá del asombro, refleja una compleja red de factores sociales, culturales y económicos. Hoy, uno de sus hijos, Shaban Magino, maestro de primaria, lo ayuda a organizar la vida de este colosal núcleo familiar que, cada mes, se reúne para intentar mantener el orden entre cientos de voces.
Musa Hasahya Kesera se ha convertido en una figura local tan emblemática como controvertida, cuya vida evidencia el choque entre las tradiciones del pasado y las realidades del presente.




