

Más de un cuarto de millón de personas, provenientes de todos los rincones del mundo, se reunieron el sábado en la Plaza de San Pedro para rendir su último homenaje al Papa Francisco durante su solemne Misa de Réquiem. La ceremonia, que reflejó la magnitud de su legado, fue presidida por el Cardenal Giovanni Battista Re, Decano del Colegio Cardenalicio, quien estuvo acompañado por más de 250 Cardenales, Patriarcas, Arzobispos, Obispos, sacerdotes, religiosos consagrados y laicos.
El Papa Francisco, quien gobernó la Iglesia durante 12 años, fue recordado por su cercanía al pueblo y su espontaneidad en sus acciones, características que marcaron su papado hasta el final. En su emotiva homilía, el Cardenal Re destacó los logros más significativos de su pontificado y resaltó su incansable lucha por la paz, así como su constante llamado a tender puentes y construir una Iglesia inclusiva. “Una voz incansable en favor de la paz”, dijo el Cardenal, refiriéndose al legado del Papa Francisco.
El funeral no solo fue un evento religioso, sino también un encuentro de líderes mundiales que acudieron a rendir tributo al pontífice. Entre los dignatarios presentes se destacaron el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, acompañado de su esposa Melania; el presidente de Argentina, Javier Milei; el mandatario brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva; el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelenskyy; los reyes de España, Felipe VI y Letizia; y el presidente de la República Dominicana, Luis Abinader, acompañado de su esposa Raquel Arbaje, entre otros.


A lo largo de la ceremonia, se destacó la presencia de más de 130 delegaciones internacionales, que incluyeron 55 jefes de Estado y 12 monarcas reinantes. La Plaza de San Pedro se convirtió en un símbolo de unidad global, donde la comunidad católica y los líderes internacionales unieron sus voces para rendir homenaje al Papa Francisco, quien dejó una huella indeleble en la historia contemporánea.
Al finalizar la misa, el féretro del Papa Francisco fue trasladado en un solemne cortejo fúnebre hacia la Basílica de Santa María la Mayor, cumpliendo así su deseo de ser enterrado en el santuario mariano que tanto veneraba. Este acto rompió con la tradición de enterrar a los pontífices en las grutas vaticanas, y convirtió a la Basílica en el último hogar de un Papa que, a lo largo de su vida, siempre estuvo en contacto con el pueblo y sus aspiraciones.






