La seguridad de Israel frente al proyecto nuclear de Irán enfrenta una encrucijada: sin el apoyo de Estados Unidos, el Estado judío no puede eliminar definitivamente las instalaciones subterráneas de Natanz, Fordow e Isfahan, donde están ubicadas más de 13.000 centrifugadoras utilizadas para producir uranio destinado a armas atómicas.
Donald Trump tiene en sus manos la última palabra. Según el primer ministro Benjamín Netanyahu, sin el poder de fuego de Estados Unidos —como las bombas “anti búnker” de 13,6 toneladas transportadas en bombarderos B-2—, el debilitado arsenal de Israel difícilmente pueda llevar a cabo una intervención así en territorio iraní.
Aun así, el Estado hebreo continúa debilitando gradualmente el proyecto nuclear de Irán. La Fuerza Aérea de Israel alcanzó parte de Natanz y eliminó a 6 de los 25 científicos involucrados en el enriquecimiento de uranio. Además, gracias al apoyo de inteligencia de Washington, logra interceptar en pleno vuelo la mayoría de los misiles que Irán lanza en represalia.
Pero el complejo de Natanz, situado bajo 80 metros de piedra en el desierto de Isfahan, así como Fordow, construido en el interior de una montaña, están más protegidos de lo que Israel puede penetrar sin apoyo externo. Por eso Netanyahu presiona a Trump para que implemente toda la fuerza bélica de Estados Unidos antes de que Irán pueda producir varias bombas atómicas en los próximos meses.
Este pedido llega en un marco geopolítico cada más tenso en Medio Oriente, en el que el debilitado acuerdo diplomático deja lugar a una intervención directa. La Casa Blanca tiene así en sus manos el destino de toda la región: dejar que Irán termine de producir armas nucleares o involucrarse definitivamente en el conflito para neutralizar el complejo nuclear antes de que sea demasiado tarde.




