El atentado contra el presidente James A. Garfield en 1881 no solo marcó una tragedia nacional, sino que expuso graves deficiencias en la práctica médica de la época, dejando un legado que cambió para siempre la medicina en Estados Unidos.
El 2 de julio de 1881, Garfield fue herido por un disparo en la estación de tren de Baltimore y Potomac. Aunque sobrevivió al ataque inicial, los errores médicos posteriores y la ausencia de higiene en el tratamiento de sus heridas desencadenaron una infección mortal.
El equipo médico, liderado por el doctor Willard Bliss, ignoró las técnicas antisépticas de Joseph Lister, que ya se conocían desde 1865. Los médicos manipularon la herida con instrumentos y manos sin esterilizar, buscaban la bala sin éxito y, en consecuencia, facilitaron la propagación de la septicemia que finalmente causó la muerte del presidente el 19 de septiembre de 1881.
La indignación pública fue inmediata. La incapacidad de los médicos para salvar a Garfield provocó un cuestionamiento profundo sobre la higiene hospitalaria y la antisepsia, acelerando la adopción de prácticas médicas modernas en el país.
Hoy, el caso Garfield es recordado no solo como un episodio político, sino como un punto de inflexión en la medicina estadounidense: una advertencia histórica de que la ciencia y la higiene son fundamentales para salvar vidas.




