El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, inicia 2026 con una posición favorable de cara a las elecciones de octubre, impulsado por sondeos que lo colocan por delante de sus rivales y por una derecha debilitada tras la ausencia de Jair Bolsonaro, quien permanece en prisión e inhabilitado políticamente por su implicación en un intento de golpe de Estado.
El líder progresista se prepara para disputar un posible cuarto mandato, luego de un tercer periodo marcado por estabilidad relativa, pese al inicio turbulento que supuso el asalto a las sedes de los tres poderes en Brasilia. Aquella asonada dejó más de 800 condenados y obligó al Ejecutivo a recomponer el clima político.
Desde entonces, Lula ha gobernado con un Congreso dominado por fuerzas conservadoras y en un contexto internacional tenso, especialmente tras el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Aun así, el mandatario ha recurrido a una estrategia conocida: negociación política, programas sociales amplios y fortalecimiento del comercio exterior.
Los resultados económicos respaldan su gestión. Brasil ha registrado un crecimiento superior al previsto, salió nuevamente del mapa del hambre de la ONU, alcanzó una tasa de desempleo históricamente baja (5,2 %) y mantiene la inflación controlada (4,46 %). Además, la Bolsa de São Paulo ha batido récords en múltiples ocasiones este año. En el plano legislativo, se aprobó una reforma tributaria de gran alcance y beneficios fiscales para las familias de menores ingresos.
No obstante, estos avances han tenido un costo fiscal: el déficit público aumentó del 4,7 % al 8,1 % del PIB, y la deuda pasó del 73,5 % al 79 %.
Otro factor en debate es la edad del presidente. Con 80 años, Lula finalizaría un eventual mandato con 85. Su equipo ha buscado contrarrestar este punto mostrando una imagen activa y saludable, aunque su popularidad permanece estancada, con una aprobación del 49 % y un rechazo del 48 %, según Datafolha. Persisten, además, críticas por antiguos escándalos de corrupción y por la inseguridad, temas que la oposición planea explotar en campaña.
Del otro lado, la derecha aparece dividida. Sin Bolsonaro en carrera, su intento de transferir liderazgo a su hijo Flávio no ha logrado consenso. Entre los posibles aspirantes figuran varios gobernadores, mientras que el nombre con mayor peso en los mercados, Tarcísio de Freitas, ha descartado competir a nivel nacional por ahora.
Con este panorama, Lula parte como favorito, apoyado en indicadores económicos positivos y una oposición sin un liderazgo claro, aunque con desafíos abiertos que marcarán el rumbo de la campaña electoral.




