El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha marcado un antes y un después en la diplomacia estadounidense con una serie de decisiones que han redefinido el enfoque de su gobierno hacia América Latina y el resto del mundo. La operación para capturar a Nicolás Maduro, el ahora expresidente de Venezuela, ha sido una de las muestras más contundentes de la nueva estrategia de Washington, que combina la intervención directa con el uso de la fuerza para imponer su voluntad a nivel global.
Este giro radical en la política exterior de EE.UU. comenzó a gestarse tras la guerra comercial que Trump emprendió contra sus aliados y el respaldo, a menudo ambiguo, que ofreció a Ucrania en su guerra contra Rusia. El presidente estadounidense dejó claro desde los primeros días de su segundo mandato que la diplomacia estadounidense ya no era la misma. De hecho, las medidas y amenazas que lanzaba se fueron intensificando, llevando la relación con países estratégicos como India a un punto de fricción.
La toma de acciones militares en el Caribe contra el narcotráfico, la ejecución de más de un centenar de supuestos traficantes y el ataque quirúrgico a Irán evidenciaron la disposición de Trump a utilizar la fuerza sin reservas. Sin embargo, fue la captura de Maduro, un objetivo clave para Washington, la que catapultó su administración a un nuevo nivel de intervención. En un contundente mensaje en enero, Trump aseguró que EE.UU. no cesará hasta que se logre una transición política en Venezuela y, además, reforzó la idea de que el continente americano debe permanecer bajo su influencia, lejos de «regímenes hostiles» o potencias extranjeras.
Este golpe contra Maduro se enmarca dentro de una estrategia más amplia que ha sido explicada por expertos como Eric Hershberg, profesor de la American University. Hershberg señala que la actitud de Trump refleja la voluntad de imponer un nuevo orden global, sin importarle las normativas del derecho internacional. «Esto es una clara muestra de que EE.UU. está dispuesto a utilizar la fuerza para mantener su hegemonía en las Américas», afirmó el académico.
Uno de los pilares de esta estrategia es la reactivación de la Doctrina Monroe, una política del siglo XIX que postulaba que cualquier intervención de potencias extranjeras en América sería vista como una amenaza para la seguridad de EE.UU. Este concepto ha sido reavivado por Trump, quien, en su Estrategia de Seguridad Nacional, definió a la Unión Europea como un socio problemático, al tiempo que insistió en que la región americana debe quedar bajo su control, evitando cualquier injerencia externa.
El impacto de estas políticas ha generado incertidumbre y alarma a nivel global, especialmente en Europa y Asia. El regreso a una política de «esferas de influencia», similar a la del siglo XIX, ha llevado a muchos analistas a prever un escenario geopolítico marcado por nuevas tensiones internacionales. De acuerdo con Hershberg, la reciente detención de Maduro podría ser solo la punta del iceberg de una serie de movimientos que desafían las normas de coexistencia pacífica entre países.
El comportamiento errático de Trump y su enfoque centrado en el uso de la fuerza para alcanzar sus objetivos ha despertado preocupación en expertos internacionales. Las amenazas no solo apuntan a Venezuela, sino que se extienden a otros puntos críticos como Ucrania, Taiwán y hasta Groenlandia, que se ha convertido en otro foco de disputa en la diplomacia estadounidense.
El 2026 se perfila como un año de gran incertidumbre en el escenario mundial. Muchos analistas coinciden en que la imprevisibilidad de Trump, quien disfruta de ejercer su poder tanto en el ámbito nacional como internacional, podría desencadenar una escalada de conflictos que afecten a diversas regiones del mundo.
En resumen, la captura de Nicolás Maduro no solo representa un golpe a un régimen adverso, sino también un claro mensaje de que Trump está dispuesto a moldear el orden mundial según sus propios intereses, sin temor a desafiar las normas tradicionales de convivencia internacional. Esta ofensiva se perfila como una de las mayores manifestaciones del estilo de liderazgo que Trump ha impuesto desde su llegada a la Casa Blanca.




