La Habana, Cuba – La vida cotidiana en barrios como Alamar, en las afueras de La Habana, se ha vuelto un desafío por los apagones intermitentes que los habitantes llaman “quita y pon”. La administradora de un edificio de 18 plantas, Heidi Martínez, de 53 años, ha aprendido a abrir manualmente los ascensores para liberar a los vecinos atrapados por los cortes de electricidad, que se prolongan varias horas al día.
“Ya nos hemos acostumbrado a los apagones”, comenta Martínez, mientras otros residentes, como Erleny, de 49 años, describen la incertidumbre: “Pueden ser 20 minutos, media hora o una hora… Nadie se adapta a eso”. Para Gladys Berriel, jubilada de 74 años, la situación se mantiene desde 2023 y afecta incluso los electrodomésticos, cuyo arreglo resulta costoso en medio de la inflación y la escasez.
Los apagones se han intensificado en las últimas semanas debido al bloqueo petrolero de Estados Unidos y la obsolescencia de las centrales termoeléctricas. Según datos oficiales, el martes pasado Cuba sufrió el corte más extenso registrado: más del 64 % del país se quedó sin electricidad durante las horas de máxima demanda.
El gobierno ha implementado medidas de emergencia: hospitales y transporte público operan en niveles mínimos, universidades continúan clases a distancia y eventos culturales y científicos han sido cancelados. Sin combustible suficiente desde el 9 de enero, la isla importa apenas un tercio de sus necesidades energéticas, y expertos advierten que la escasez podría agravarse entre febrero y marzo.
Organismos internacionales y varios países han ofrecido ayuda humanitaria, mientras la Oficina de Derechos Humanos de la ONU considera que el bloqueo petrolero de EE. UU. viola la Carta de Naciones Unidas y el derecho internacional, aumentando la crisis que afecta a todos los sectores de la isla.




