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Andrés Vander Horst Álvarez

Guido y la fidelidad de las encuestas

Andrés Vander Horst Álvarez

Guido Gómez Mazara dijo hace poco —con la ironía que le es habitual— que creer en las encuestas políticas es como buscar fidelidad en un prostíbulo. La frase, tan punzante como certera, apunta a una práctica cada vez más común: usar encuestas no para entender la realidad, sino para reemplazarla.

Hoy, más que ideas, lo que se venden son narrativas. Y en ese mercado de ilusiones, las encuestas se han convertido en herramientas de propaganda. En teoría, deberían captar el sentir del pueblo; en la práctica, muchas solo reflejan los intereses de quienes las pagan.

En República Dominicana esto se ha vuelto norma. Recordemos las elecciones municipales de 2020: la mayoría de las encuestas auguraban victorias contundentes para un partido que terminó perdiendo en plazas clave. En 2024, no faltaron sondeos que daban más de 60% a candidaturas que luego no alcanzaron ni la mitad de ese respaldo. Resultados que no explican lo que pasa en la calle, sino lo que alguien quiere que parezca que está pasando.

Hay firmas encuestadoras que publican el mismo resultado con distinta fecha. Cifras recicladas, ajustadas al ritmo de la coyuntura. Se presentan como verdad científica lo que en realidad es una estrategia. Lo preocupante es que esto ya no genera escándalo, sino resignación. Como si todos aceptáramos que las encuestas son parte del teatro político.

Pierre Bourdieu, en su ensayo La opinión pública no existe, advirtió que muchas encuestas no recogen lo que la gente piensa, sino que inducen lo que la gente termina creyendo. Fabrican una percepción colectiva, útil al poder, pero desconectada de la vida real. Y cuando los líderes se dejan guiar por esas percepciones, dejan de mirar al país.

Los ejemplos internacionales sobran: el Brexit, la primera victoria de Trump, el plebiscito en Colombia, las presidenciales en Chile. Encuestas que no fallaron por problemas técnicos, sino porque nunca entendieron el pulso social. Aquí hemos visto lo mismo: sondeos que daban senadurías ganadas por veinte puntos, cuando la realidad las terminó definiendo por tres mil votos. ¿Error o encargo?

Muchas encuestas ya no son estudios. Son productos. Se venden al mejor postor y se usan para influir en la opinión pública, justificar candidaturas, bloquear alianzas o generar sensación de inevitabilidad. Son operaciones de marketing con formato de ciencia.

La política no puede seguir tomando decisiones con base en cifras infladas o manipuladas. Ni se construyen proyectos serios leyendo números falseados ni se gana credibilidad si todo gira en torno a una supuesta “aceptación” que no se sostiene en el voto real.

Las encuestas pueden ser útiles, sí. Pero solo si son éticas, transparentes, técnicamente rigurosas y políticamente honestas. Si no, terminan siendo espejos deformados que distorsionan más de lo que revelan.

Porque como bien advierte Guido, buscar fidelidad en una encuesta puede ser el camino más directo a la decepción. Y también, tristemente, a la derrota.

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