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Andrés Vander Horst

La verdad según el FMI

La verdad según el FMI

Cuando hablamos de crecimiento económico, a menudo caemos en la trampa de un idioma excluyente. Citamos porcentajes, déficits y reservas internacionales como si fueran abstracciones técnicas, olvidando que en realidad describen lo único que importa: la capacidad de un país para ofrecer certidumbre, empleo y futuro. Por eso, frente al ruido incesante de la coyuntura, conviene hacerse una pregunta casi socrática: ¿vamos a vivir mejor mañana que hoy?

El Fondo Monetario Internacional, en su evaluación más reciente sobre la República Dominicana, responde afirmativamente. Lo hace desde el análisis de los datos y no desde la política local. Eso obliga a escuchar con atención sus conclusiones.

La economía dominicana no crece por azar ni por suerte. Crece porque el país ha decidido sostener reglas de juego que otros en la región abandonaron hace tiempo. La estabilidad política, la previsibilidad económica y un enfoque de reformas graduales han permitido una convergencia sostenida, aunque aún incompleta, del ingreso per cápita con economías de mayor desarrollo, medida en términos reales y de paridad de poder adquisitivo. No se trata de un eslogan, sino de un proceso verificable.

Es cierto que en 2025 se produjo una pausa. En economía conviene distinguir entre una desaceleración transitoria y una ruptura estructural. Tras la expansión de 2024, el enfriamiento fue temporal. Las proyecciones del FMI sitúan el crecimiento de 2026 en torno a un 4.5%, con un retorno posterior a un potencial cercano al 5%. Turismo, zonas francas y crédito muestran señales de normalización y recuperación.

Reconocer estabilidad no implica negar tensiones. El crecimiento agregado no siempre se refleja de inmediato en el ingreso de todos los hogares, y persisten rezagos en sectores importantes de la población. Precisamente por eso, preservar el orden macroeconómico no es un ejercicio técnico distante, sino una condición necesaria para que esas brechas puedan cerrarse de forma sostenible. La experiencia regional muestra que el desorden termina agravando los problemas que pretende resolver.

En cuanto al costo de la vida, la inflación se mantiene dentro del rango meta y sin presiones desbordadas. Esto aporta previsibilidad a las decisiones cotidianas de familias y empresas. Algo similar ocurre con la estabilidad cambiaria. Con reservas sólidas y flujos constantes de divisas, el país ha demostrado capacidad para absorber choques externos sin episodios de volatilidad abrupta.

En el plano fiscal, la estrategia ha sido apostar por una disciplina gradual y consciente de sus efectos. La Ley de Responsabilidad Fiscal y la reducción progresiva del déficit, proyectado en torno al 3.2% para 2026, envían una señal clara de madurez institucional. A esto se suma un sistema financiero líquido, rentable y bien capitalizado.

El mensaje de fondo trasciende las cifras y se adentra en el terreno político. El crecimiento proyectado no surge de la improvisación, sino de haber respetado reglas incluso cuando hacerlo no resultaba electoralmente cómodo. El debate sobre prioridades y ritmos es legítimo, pero pierde sentido cuando se sustituye el análisis por la narrativa permanente del desastre.

La estabilidad no produce titulares estridentes ni beneficios inmediatos. Exige coherencia, paciencia y trabajo sostenido. La República Dominicana no es una economía perfecta, pero tampoco una economía al borde del colapso. Entre el triunfalismo superficial y el pesimismo crónico existe un camino más exigente, pero más efectivo, basado en la disciplina y la visión de largo plazo. Todo lo demás es ruido.

 

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