En la historia reciente de la República Dominicana, pocos procesos han logrado articular con tanta claridad la voluntad política del Gobierno con la experiencia y el conocimiento técnico de los sectores productivos como lo ha hecho Meta 2036.
No estamos ante un plan más. Estamos ante un método distinto.
He sido parte de múltiples espacios de diálogo público-privado a lo largo de los años. Sin restar mérito a esfuerzos anteriores, debo reconocer que hoy vivimos algo cualitativamente diferente: una alineación real entre liderazgo político, capacidad técnica y seguimiento permanente.
La decisión del presidente Luis Abinader, junto a la vicepresidenta Raquel Peña, de dedicar horas específicas cada mes al seguimiento de los avances —junto a ministros, directores y representantes sectoriales— ha introducido una cultura de responsabilidad compartida que antes no habíamos visto con esta constancia. Ese seguimiento sistemático es lo que transforma una visión en política pública efectiva.
Duplicar el PIB no es un eslogan. Es una decisión estructural que obliga a transformar la manera en que producimos, formalizamos, financiamos, digitalizamos y regulamos nuestra economía. Obliga a eliminar distorsiones históricas. Obliga a hablar con franqueza. Obliga a ejecutar.
Y lo más valioso: obliga a confiar unos en otros.
Meta 2036 no descansa únicamente en la voluntad del Poder Ejecutivo. Descansa también en la participación activa de empresarios, técnicos, académicos y líderes gremiales que han decidido anteponer el desarrollo nacional a cualquier interés particular. Se están generando documentos marco, propuestas legislativas, reformas regulatorias e iniciativas innovadoras que buscan romper inercias que durante años limitaron nuestra competitividad.
Lo que se está construyendo bajo esta visión impactará profundamente a las MIPYMES, al comercio, a la industria y a los servicios, así como a la agricultura, la agroindustria, las zonas francas y el turismo. Estamos hablando de reglas claras y previsibles, de mayor eficiencia estatal, de digitalización profunda, de más bancarización y de mayor formalización. En definitiva, de crear un ecosistema donde crecer no sea una carrera de obstáculos, sino un proceso ordenado, transparente y competitivo.
He sido testigo del nivel de compromiso, del seguimiento constante y de la disposición a corregir desvíos y enfrentar problemas estructurales que por décadas fueron pospuestos. Ese liderazgo disciplinado genera confianza. Y la confianza es el insumo más poderoso del desarrollo económico.
Si perseveramos, Meta 2036 puede convertirse en uno de los mayores legados económicos e institucionales de nuestra generación. No solo por el tamaño de la economía que alcancemos, sino por el cambio cultural que estaremos dejando: un país que entendió que el desarrollo no es tarea de un gobierno ni de un sector, sino de todos.
Quizás lo más trascendental no sea duplicar el PIB. Quizás lo más trascendental sea haber demostrado que cuando Estado y sector productivo trabajan con método, seguimiento y corresponsabilidad, el país avanza más rápido y con mayor estabilidad.
Dios mediante, cuando miremos hacia atrás, podremos decir que esta fue la etapa en que la República Dominicana decidió crecer unida; el momento en que comprendimos que el desarrollo no se impone ni se improvisa, sino que se construye con visión compartida, disciplina institucional y confianza mutua.





