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Andrés Vander Horst

El espíritu perdido de la política

El espíritu perdido de la política

En algún momento, casi sin darnos cuenta, la política comenzó a confundirse con su apariencia. Los discursos se multiplicaron, las campañas se volvieron permanentes y la visibilidad pública pasó a ocupar el centro de la actividad política. Sin embargo, en medio de ese ruido creciente, algo más profundo empezó a desaparecer: la reflexión seria sobre lo que significa ejercer la política.

La tradición clásica tenía una comprensión mucho más exigente de esa palabra. Para Aristóteles, el ser humano era un zoon politikon, un animal político. Pero la expresión no aludía a la lucha por cargos ni a la competencia electoral. Se refería a la capacidad de deliberar colectivamente sobre el bien común dentro de la polis.

La política era, ante todo, una actividad intelectual y moral. Exigía estudiar, debatir, persuadir y construir acuerdos que permitieran organizar la vida de la comunidad. El político no era simplemente alguien que aspiraba al poder, sino alguien dispuesto a pensar el destino de su sociedad.

Con el tiempo, esa idea comenzó a erosionarse. El filósofo Raimon Panikkar advertía que la política moderna corre el riesgo de vaciarse de espíritu cuando se reduce exclusivamente a técnica, propaganda o cálculo electoral. Cuando ese proceso se completa, el político deja de ser un ciudadano consciente de su responsabilidad pública y se transforma en un gestor de popularidad.

La diferencia no es menor.

El político auténtico busca comprender los problemas de su tiempo. Lee, estudia, escucha y se somete al rigor del debate público. Sabe que gobernar exige preparación intelectual, prudencia y sentido histórico. Entiende que la política no consiste en reaccionar a la opinión del día, sino en ayudar a orientar el rumbo de la sociedad.

El político superficial, en cambio, se mueve en un terreno distinto. Su preocupación central no es comprender los problemas, sino capitalizarlos. No cultiva ideas, cultiva percepciones. No se esfuerza por formar criterio público; se limita a administrar emociones colectivas.

Las transformaciones tecnológicas han amplificado esta tendencia. Las redes sociales, la comunicación instantánea y el ritmo acelerado de la opinión pública premian la simplificación y castigan la reflexión. Hoy parece más rentable producir frases virales que desarrollar propuestas. Más eficaz construir una imagen que elaborar un pensamiento.

De esa lógica surge una figura política cada vez más visible: el dirigente cuya principal vocación no es comprender ni servir, sino ser visto.

Pero ninguna comunidad puede sostenerse sobre la pura visibilidad.

Desde Platón hasta Hannah Arendt, la tradición filosófica ha insistido en que la política es el espacio donde los ciudadanos organizan su libertad común. Esa tarea exige juicio, carácter y profundidad. Sin esas cualidades, la política se degrada en un mercado de popularidad donde las ideas pierden valor y el debate se vuelve incómodo.

No es extraño, entonces, que muchas sociedades experimenten una creciente desconfianza hacia sus dirigentes. Los ciudadanos no perciben únicamente errores o ineficiencias. Perciben, sobre todo, una ausencia de sustancia.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo sea recuperar ese espíritu perdido. Volver a entender que la política no es una plataforma de vanidad personal, sino una vocación exigente que obliga a pensar el destino colectivo.

La política, en su sentido más profundo, no consiste en conquistar el poder.

Consiste en merecerlo

 

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