El estadio está lleno.
La tensión se siente en el aire.
Noveno inning. Dos outs. Corredores en base.
En ese momento no importan las estadísticas, ni las entrevistas, ni la fama del uniforme. Importa una sola cosa: ejecutar la jugada.
El béisbol dominicano tiene esa crudeza maravillosa: al final del juego no ganan las promesas, gana el equipo que supo hacer las cosas bien cuando más importaba. La política, en el fondo, funciona de la misma manera.
Gobernar un país no es muy distinto a dirigir un equipo en el escenario internacional, como cuando la República Dominicana compite en el Mundial de Baseball. Hay presión, hay expectativas, hay talento… pero lo que realmente decide el resultado es la ejecución.
El gobierno del presidente Luis Abinader, como cualquier equipo que entra al terreno a competir, enfrenta cada día su propio marcador: el crecimiento económico, la generación de empleos, la estabilidad institucional y la calidad de vida de la gente.
Y como en el béisbol, ese juego no se gana desde las gradas. Se gana en el terreno.
En el béisbol, el juego comienza en el montículo.
El pitcher marca el ritmo, controla la presión y define la estrategia de cada inning.
En un país, ese rol lo ocupa el liderazgo presidencial. Desde ahí se define la dirección del juego: las prioridades nacionales, la confianza institucional y la capacidad de mantener al equipo enfocado.
Pero ni siquiera el mejor pitcher gana un juego solo. Todo equipo campeón tiene un bullpen sólido.
Son los relevistas que entran cuando el juego se complica, cuando el marcador está cerrado y cuando cada lanzamiento puede cambiar la historia del partido.
En un gobierno, ese bullpen es el gabinete: ministros, directores y equipos técnicos que deben ejecutar políticas públicas, resolver problemas y mantener el rumbo cuando la presión aumenta. Si el bullpen falla, el juego se pierde.
En el béisbol, el catcher es el estratega silencioso del equipo. Es quien estudia a los bateadores, llama los lanzamientos y coordina la defensa. Tiene la capacidad de ver el terreno completo y anticipar lo que viene.
En un país, esa visión es fundamental para la gestión económica y fiscal. Porque sin disciplina financiera, ningún equipo aguanta nueve innings.
El campocorto es una de las posiciones más exigentes del juego. Tiene que anticipar jugadas, cubrir terreno, coordinar la defensa y reaccionar con rapidez cuando la pelota cambia de dirección.
En el gobierno, ese papel lo cumplen las instituciones que organizan la gestión pública y garantizan que el Estado funcione con orden y eficiencia. Cuando el campocorto falla, los errores se multiplican.
Todo equipo tiene un bateador al que se le exige lo mismo: producir. Traer carreras cuando el juego está apretado.
En un país, las carreras se llaman resultados: crecimiento económico, empleo, inversión, oportunidades y bienestar para la gente. Sin resultados, ningún equipo gana campeonatos.
El fanático dominicano entiende el béisbol mejor que nadie. Sabe cuándo un equipo está preparado. Sabe cuándo se juega con estrategia. Y también sabe cuándo se improvisa.
Por eso el público no aplaude excusas. Aplaude resultados. La ciudadanía observa cada jugada de la gestión pública con el mismo ojo crítico con el que sigue un juego decisivo.
Al final, gobernar un país se parece mucho a ese momento del béisbol dominicano que todos conocemos: noveno inning, el estadio en silencio, el país entero mirando.
En ese instante no cuentan los discursos. No cuentan las promesas. No cuentan las intenciones. Cuenta una sola cosa: la ejecución.
El pitcher tiene que lanzar. El bateador tiene que responder. El equipo tiene que jugar como equipo.
Porque cuando cae el último out, el béisbol deja una lección que también aplica para la política: no gana el que habló mejor, no gana el que prometió más. Gana el que jugó mejor el juego.
Y en política, como en el béisbol, los juegos y los países se ganan en el terreno.





