Hay algo que debería preocuparnos mucho más que quién será el próximo candidato, quién encabeza una encuesta o quién consigue reunir más dirigentes: qué estamos siguiendo y por qué.
Cada vez resulta más difícil distinguir si una parte de nuestra clase política sigue ideas, principios y proyectos de país, o si simplemente sigue la percepción de dónde estará el poder mañana.
Esa confusión no es inocente. Cuando la política abandona las convicciones y se entrega al cálculo, la democracia pierde contenido y los partidos dejan de ser instrumentos de participación ciudadana para convertirse en vehículos de conveniencia personal.
El problema, por tanto, no es que alguien cambie de partido. El problema aparece cuando la política deja de organizarse alrededor de ideas y comienza a organizarse alrededor de las probabilidades de alcanzar el poder.
Una democracia sana necesita partidos capaces de reunir a la ciudadanía alrededor de una visión común. ¿Qué país queremos construir? ¿Qué modelo económico proponemos? ¿Cómo enfrentaremos la informalidad, la educación deficiente, la desigualdad, la baja productividad, la inseguridad y la debilidad institucional? ¿Qué debemos conservar y qué necesitamos cambiar?
Esas deberían ser las conversaciones que generen adhesiones políticas.
Pero con demasiada frecuencia ocurre exactamente lo contrario. Primero aparece la percepción de quién tiene mayores posibilidades de alcanzar el poder. Después llegan los acercamientos, los respaldos, las fotografías, los movimientos de estructuras y las declaraciones cuidadosamente calculadas. Finalmente aparecen las justificaciones ideológicas para explicar una decisión que quizá nunca tuvo nada de ideológica.
Primero se calcula quién puede ganar. Después se fabrica el argumento.
En ese escenario, poco importa conocer el proyecto, los equipos que lo ejecutarían o las políticas públicas que se mantendrían o modificarían. Poco importa la visión de país, la preparación de los dirigentes o la consistencia de las propuestas. Lo importante termina siendo estar cerca del poder, aunque nadie pueda explicar con claridad para qué.
Cuando la proximidad al poder sustituye la afinidad de ideas, aparecen las veletas parcelarias: personas que no necesariamente cambian de pensamiento, pero sí de parcela. Hoy están aquí porque perciben posibilidades; mañana estarán allá si creen que esas posibilidades cambiaron.
No es evolución política. No es madurez. No es apertura democrática.
Muchas veces es, sencillamente, conveniencia.
Nadie está obligado a permanecer para siempre en una organización política. Cambiar de opinión también forma parte de la democracia. Una persona puede concluir legítimamente que su partido dejó de representar sus principios o que encontró otro proyecto con el que se identifica mejor.
Pero un cambio político serio exige explicaciones políticas serias.
Si cambian las ideas, deben poder explicarse las nuevas ideas. Si cambia la posición, deben explicarse las razones. Si cambia la organización, debe existir una diferencia política que justifique el cambio.
El problema aparece cuando no cambia ninguna idea, porque nunca hubo una idea que cambiar. Cuando el único argumento es quién parece tener mayores posibilidades, dejamos de hablar de evolución política y comenzamos a hablar de oportunismo.
Y las consecuencias de esa lógica son profundas.
La política deja de organizarse alrededor de propuestas y comienza a girar en torno a cálculos personales. Las organizaciones pierden identidad, los ciudadanos reciben menos claridad sobre las opciones disponibles y el debate público se reduce a una competencia por posiciones, candidaturas y cuotas de poder.
La política se convierte en una subasta de lealtades.
En ese proceso se abandonan compañeros, se olvidan historias compartidas y pierden valor lealtades construidas durante años. Lo que antes se defendía con pasión comienza a relativizarse; lo que antes se condenaba pasa a justificarse; y lo que antes parecía inaceptable se vuelve tolerable cuando ofrece una posición.
También se debilita la confianza.
Si los dirigentes cambian de parcela sin explicar qué ideas los llevaron a hacerlo, los ciudadanos terminan percibiendo que las convicciones son intercambiables y que los partidos funcionan como vehículos para alcanzar objetivos individuales.
Y cuando todo parece negociable, nada parece digno de confianza.
Ese es uno de los problemas que debemos discutir con seriedad en la República Dominicana: la sustitución progresiva de las instituciones políticas por proyectos personales.
Durante buena parte de nuestra historia, los grandes liderazgos estuvieron acompañados con aciertos y errores, por corrientes de pensamiento, estructuras partidarias y distintas concepciones sobre el Estado y la sociedad. Hoy corremos el riesgo de invertir la ecuación: en lugar de partidos que producen liderazgos, podemos terminar con liderazgos que utilizan partidos; en lugar de organizaciones capaces de sobrevivir a sus dirigentes, estructuras que dependen completamente de ellos.
Cuando desaparece el líder aglutinador, comienza la búsqueda del próximo. Y cuando un partido no tiene identidad propia, su principal actividad termina siendo encontrar a quién seguir.
Eso debilita a los partidos y, con ellos, a la democracia.
Pero la respuesta no debe ser renunciar a los partidos. Al contrario: debemos defenderlos como instituciones fundamentales de la vida democrática y exigir que cumplan mejor su función.
Un partido no puede ser una franquicia electoral que se activa cada cuatro años para conquistar el Estado. Tampoco puede ser una agencia de empleos, candidaturas, contratos o posiciones. No puede reducirse a una estructura de movilización electoral al servicio de una persona o de un pequeño grupo.
Debe ser una institución de formación, deliberación y construcción de propuestas.
Debe producir líderes y técnicos; formar candidatos y ciudadanos; organizar la participación social y convertir las demandas colectivas en políticas públicas. Debe aspirar al poder, naturalmente, pero saber, sobre todo, para qué quiere gobernar.
Un partido que no puede responder esa pregunta no es una organización política: es una plataforma de acceso al poder.
Los partidos deben canalizar distintas visiones de sociedad, formar nuevas generaciones de dirigentes, establecer reglas internas, promover la democracia y construir equipos que trasciendan a una persona. Si todo depende de un líder, no existe una institución sólida; existe una dependencia política.
Gobernar tampoco puede consistir simplemente en sustituir unas personas por otras. El país necesita continuidad y políticas de Estado capaces de sobrevivir a gobiernos, partidos y presidentes. Necesita acuerdos fundamentales sobre educación, productividad, institucionalidad, infraestructura, seguridad, desarrollo empresarial, protección social y competitividad.
Podemos discrepar sobre la forma, la velocidad, los instrumentos o las prioridades. Eso es precisamente la política. Pero debe existir un horizonte nacional por encima de las aspiraciones individuales.
El poder no puede ser el proyecto. El poder debe ser el instrumento para ejecutar un proyecto.
Por eso, a quienes buscan nuestro respaldo no deberíamos preguntarles solamente:
¿Puedes ganar?
También debemos preguntar:
¿Para qué quieres ganar?
¿Cuál es tu visión de país? ¿Qué propones? ¿Quiénes te acompañarán? ¿Qué continuarás? ¿Qué cambiarás? ¿Qué instituciones fortalecerás? ¿Qué República Dominicana pretendes dejar cuando ya no estés en el poder?
Las respuestas a esas preguntas deberían orientar nuestras adhesiones, no una encuesta, una fotografía, una promesa de posición o la percepción momentánea de quién tiene el camino más despejado.
Una encuesta puede medir una tendencia. No puede sustituir un programa.
Una fotografía puede mostrar una alianza. No puede demostrar una convicción.
Una promesa de posición puede comprar una lealtad. No puede construir un proyecto nacional.
La política dominicana necesita recuperar algo esencial: volver a discutir ideas.
Necesitamos partidos más fuertes que sus candidatos y proyectos de país más duraderos que sus gobiernos. Necesitamos dirigentes capaces de permanecer cuando todavía creen en lo que defienden y de marcharse con dignidad cuando han dejado de creer, explicando qué ideas los separan y cuáles nuevas propuestas los convocan.
Pero también necesitamos una ciudadanía más exigente.
No basta con premiar al que parece tener mayores posibilidades de ganar. Debemos valorar la coherencia, la preparación, la calidad de los equipos, la claridad de las propuestas y la capacidad de construir acuerdos duraderos.
Porque los ciudadanos también contribuimos a definir la calidad de la política que recibimos. Si seguimos premiando únicamente al que parece estar más cerca del poder, seguiremos produciendo políticos que persiguen el poder y no políticos preparados para ejercerlo.
Lo que no podemos normalizar es convertir la política en una carrera permanente hacia la parcela más próxima al poder. Cuando todos corren detrás de quien parece que va a ganar, nadie pregunta hacia dónde nos está llevando.
Y esa omisión tiene un costo.
Un país gobernado por cálculos individuales termina sin rumbo colectivo. Una política dominada por la conveniencia produce gobiernos sin visión, partidos sin identidad y ciudadanos cada vez más desconfiados.
Por eso, la pregunta que nos corresponde hacer como sociedad no es solamente quién gobernará después, sino con quiénes, para qué y hacia dónde.
La República Dominicana necesita partidos que vuelvan a ser instituciones y no negocios; espacios donde se canalicen ideas, liderazgo, vocación de servicio y proyectos nacionales.
Todavía hay personas valiosas en la política, ciudadanos y dirigentes con capacidad, experiencia y genuina vocación de servicio. El desafío es construir instituciones capaces de atraerlos, formarlos y permitirles aportar sin obligarlos a convertirse en veletas.
La política puede recuperar su sentido si volvemos a exigir que las adhesiones tengan razones, que los cambios tengan explicaciones y que el poder tenga un propósito.
Porque cuando las ideas pesen más que la cercanía al poder, dejaremos de preguntarnos quién tiene mayores posibilidades de ganar y comenzaremos a preguntarnos algo mucho más importante:
¿Quién tiene un proyecto de país que valga la pena construir entre todos?




