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El PSOE, el PT, el PLD: gobiernos grandes, populistas, la misma receta

Hay un aire de familia entre Madrid, Brasilia y Santo Domingo que no se explica solo por el idioma. El PSOE de Pedro Sánchez, el PT de Lula y el PLD que gobernó la República Dominicana durante años no son copias exactas. Pero comparten un método: convertir la ayuda social en pacto electoral y, cuando el empleo productivo no aparece al ritmo del discurso, agrandar el Estado con cargos, direcciones y organigramas. Es populismo. Y es una receta típica de la izquierda latina que España adoptó con otro acento y la misma lógica.

Las transferencias no son el pecado original. Un gobierno puede sostener a quien se queda sin internet. El problema empieza cuando la ayuda deja de ser un puente y se vuelve un destino. En Brasil, el gran programa de renta condicionada redujo miseria y, al mismo tiempo, se transformó en identidad política. Familias enteras llevan más de una década en el padrón. El beneficio se asocia al gobierno de turno, se reajusta cerca de las urnas y se defiende como si criticarlo fuera dejar a la gente sin comer. Así nace una clase electoral dependiente: no necesariamente porque alguien le compre el voto en la esquina, sino porque el miedo a perder el ingreso organiza la lealtad.

En la República Dominicana, el PLD hizo de las tarjetas, los bonos, los subsidios al gas y a la escuela un instrumento de presencia territorial. La política social no solo alivió necesidades: tejió adhesión. El clientelismo moderno no siempre es el sobre. A veces es la tarjeta mensual, el funcionario que “gestiona” el listado y la idea de que el Estado es el único patrón fiable. Cuando el empleo formal privado no absorbe a la masa, el gobierno se ofrece como pagador de último recurso. El ciudadano espera un cheque y, si puede, un puesto.

España llegó más tarde al mismo esquema. El ingreso mínimo, los ERTE convertidos en hábito, los subsidios y el relato del “escudo social” tuvieron sentido en una emergencia. Luego se quedaron. Mientras se celebra el empleo récord, una parte visible del crecimiento de nóminas se concentra en lo público. Oposiciones masivas, nuevas agencias, vicepresidencias, altos cargos y estructuras autonómicas que se multiplican. Cuando la economía privada no genera trabajo estable al ritmo político deseado, el gobierno fabrica destinos. Directores generales, asesores, organismos de igualdad, transición y memoria. Crece el organigrama. No siempre crece la productividad.

Esta receta tiene origen latinoamericano. El lulismo no inventó el asistencialismo, pero lo profesionalizó: unificó padrones, puso el sello del partido sobre una política de Estado y vendió inclusión como identidad. Otros gobiernos de la región radicalizaron la misma lógica. El PLD, con acento caribeño, la administró durante dos décadas: crecimiento, obras y, en paralelo, una red social que funcionaba como máquina de adhesión. España, que durante años miró a América Latina con distancia pedagógica, copió el método y lo envolvió en lenguaje europeo: cohesión, derechos, “no dejar a nadie atrás”. El fondo es el mismo. El Estado como patrón. El votante como beneficiario. El adversario como amenaza al subsidio.

Nada de esto garantiza la eternidad. Esa es la parte que estos gobiernos suelen olvidar. El PT perdió el poder, volvió y sigue expuesto al desgaste. El PLD, que parecía dueño del tablero dominicano, fue desalojado. El PSOE ha gobernado, ha perdido y ha vuelto. La dependencia electoral no es un seguro de vida. La inflación, la percepción de privilegio de la casta pública, los escándalos y el cansancio de quien trabaja y paga la fiesta acaban por romper el pacto. El populismo infla el Estado; no lo hace inmortal.

El problema no es que exista solidaridad. El problema es sustituir empleo por nómina pública y ciudadanía por clientela. Una sociedad de beneficiarios y funcionarios puede ganar elecciones un tiempo. No construye prosperidad. La izquierda latina lo ensayó durante una generación. España, con otra renta y otras instituciones, está recorriendo el mismo atajo. La receta es conocida. También lo es el final: gobiernos grandes, cuentas tensas y una democracia que discute menos cómo crear riqueza y más a quién le toca el próximo cargo.

 

Por .- Jonathan Cabrera 

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