El eco de una patria que quería despertar


Era abril de 1965. Las calles de Santo Domingo dejaron de ser rutina y se convirtieron en trincheras. Jóvenes con sueños, soldados con dudas, madres con miedo. Todos vivían un mismo grito: “¡Queremos democracia!”
La Guerra del 24 de Abril no fue solo un conflicto armado. Fue un momento decisivo. Fue el instante en que miles de dominicanos se enfrentaron, no solo a balas y tanques, sino a la opresión, a la injusticia, al miedo de volver a ser silenciados.
Dos años antes, en 1963, el país había elegido con entusiasmo al presidente Juan Bosch. Con apenas siete meses en el poder, Bosch fue derrocado por un golpe de Estado. Las reformas que promovía —educación, justicia, equidad— molestaron a los sectores más poderosos.
En su lugar se impuso un Triunvirato sin legitimidad ni respaldo popular. Pero el pueblo no olvidó lo que se le prometió. Y el 24 de abril de 1965, civiles y militares se alzaron con un objetivo claro: restaurar la Constitución de 1963.
Por un lado, estaban los constitucionalistas, liderados por el coronel Francisco Alberto Caamaño, que luchaban por devolverle al país su rumbo democrático.
Del otro lado, las fuerzas del gobierno de facto, apoyadas por parte del alto mando militar y, poco después, por el ejército de Estados Unidos, que desembarcó en suelo dominicano el 28 de abril con más de 40,000 marines.


Los enfrentamientos duraron meses. Las calles, las casas, las plazas… todo fue escenario de una lucha que era tan política como emocional.

Ayer y hoy: dos patrias que se miran de frente
La Revolución de Abril fue la lucha de una generación que no quería vivir de rodillas.
Hoy, 60 años después, la República Dominicana es un país que sigue construyéndose. La democracia no es perfecta. Aún hay desigualdades, aún hay voces que claman justicia.
Pero aquella gesta dejó una enseñanza imborrable: el pueblo dominicano no se rinde.
¿Sería posible hoy una revolución similar? ¿Estaríamos dispuestos a defender nuestras libertades con la misma valentía?
El 24 de abril no es pasado. Es espejo.
Cada año, al llegar esta fecha, no basta con recordar. Hay que entender. Hay que preguntarse qué tanto hemos avanzado, y sobre todo, qué tanto estaríamos dispuestos a defender lo que tenemos.
Porque si bien ya no hay tanques en las calles, hoy existen otras formas de silencio, otras batallas por librar:
– la corrupción
– la desigualdad
– el acceso justo a salud, educación y oportunidades
La memoria no es para quedarse atrás, sino para no perder el rumbo.




