En Haití, el luto se vive bajo el control de las armas. Desde 2024, cementerios históricos como el Gran Cementerio de Puerto Príncipe han caído en manos de bandas criminales que cobran sumas elevadas a las familias para permitirles enterrar a sus muertos. Lo que antes eran rituales colectivos cargados de música, procesiones y comunidad, hoy se ha transformado en un acto clandestino marcado por el miedo y la extorsión.
“Estamos ante una transformación radical del duelo haitiano. Las prácticas que daban sentido a la muerte han sido desmanteladas por la lógica del miedo”, advierte Jean Wilner Jacques, antropólogo especializado en cultura funeraria caribeña.
En la Rue de Enterrement, tradicional epicentro de los servicios funerarios, las funerarias están cerradas, los autos fúnebres ya no circulan y las ambulancias evitan pasar por las calles principales para no llamar la atención de los grupos armados.
Un empresario funerario, que pide el anonimato, asegura que desde febrero de 2024 no han podido operar con normalidad: “Para cada entierro debemos negociar con la banda que controla el cementerio, solo así evitamos incidentes”. Los pagos van desde 2.000 gourdes (unos 15 dólares) solo por ingresar el cuerpo, hasta cifras mucho más altas dependiendo del lugar y la situación.
El costo de un funeral se ha duplicado. En 2021 se podía organizar con unos 100.000 gourdes (762 dólares), pero hoy no baja de 200.000 (1.523 dólares). Algunas familias, como la de Mireille —quien perdió a su madre en enero de 2025—, deben pagar sumas exorbitantes para conseguir un espacio en cementerios alternativos, lejos de los controlados por las pandillas.
En zonas rurales como Petite-Rivière, en Artibonite, los pobladores caminan horas cargando ataúdes para evitar los cementerios tomados por el grupo Gran Grif.
Ante el colapso del sistema funerario tradicional, algunos cementerios menos afectados, como el de Fragneau-Ville en Delmas 75, han visto aumentar la demanda. Allí se han construido nichos en altura para responder a la saturación, con alquileres anuales que rondan los 50.000 gourdes (318 dólares). Otros, como el Parc du Souvenir, apenas ofrecen cremaciones tras sufrir saqueos y daños millonarios en 2024.
El deterioro también se refleja en las morgues, donde decenas de cuerpos permanecen sin reclamar, expuestos a la descomposición por la falta de electricidad y refrigeración. Los propietarios de funerarias improvisan depósitos en garajes y cubren los cuerpos con mantas térmicas, a la espera de que las familias puedan pagar los gastos.
La situación, además de indignante, supone un riesgo sanitario. Médicos advierten sobre posibles brotes infecciosos si los cuerpos no reciben sepultura adecuada.
La violencia, antes concentrada en la capital, se ha extendido a varios departamentos del país. Desde diciembre de 2024, los ataques contra civiles han aumentado un 24%, el desplazamiento interno alcanza a 1,3 millones de personas y, en la primera mitad de este año, la ONU ha registrado más de 4.000 asesinatos.
En Haití, incluso la muerte se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse.




