En el panorama político y social contemporáneo, la “ventana de Overton” representa el rango de ideas que se consideran aceptables en el discurso público. Nombrada en honor al politólogo Joseph Overton, esta metáfora ilustra cómo las opiniones extremas, inicialmente descartadas como descabelladas, pueden ser empujadas gradualmente hacia el centro del debate mediante estrategias deliberadas de activismo y provocación. En República Dominicana, un reciente incidente protagonizado por un colectivo LGBTQ+ ilustra perfectamente este mecanismo: el intento de modificar las letras del Himno Nacional para adaptarlo a una narrativa “lésbica”, un acto que no solo viola las leyes sobre símbolos patrios, sino que busca normalizar ideas radicales a costa del respeto a la identidad nacional.
El caso en cuestión involucra a Yoseli Castillo Fuertes, una poeta lesbiana y activista afrolatina, quien presentó una versión alterada del Himno Nacional Dominicano bajo el título de “Himno Nacional Lésbico”. Este “poema”, difundido públicamente por un colectivo LGBTQ+, sustituye elementos patrióticos tradicionales por referencias a la identidad sexual, generando un escándalo nacional. En un video que circuló en redes sociales, Castillo recita versos que reinterpretan el himno, cambiando su esencia histórica para encajar en una agenda de visibilidad queer. Ante la reaccion aireada, la autora pidió disculpas, aclarando que se trataba de un “poema” sin intención de modificar el himno oficial, pero el daño ya estaba hecho: el Ministerio Público inició una investigación de oficio por violación a la Constitución, que prohíbe expresamente el ultraje a los símbolos patrios.
En República Dominicana, la Ley 210-19 sobre Símbolos Patrios y la propia Constitución establecen penas claras para quienes alteren o irrespeten el himno, la bandera o el escudo. Estos no son meros adornos; representan la soberanía, la historia y la unidad de un pueblo que luchó por su independencia. Modificar el himno, compuesto por Emilio Prud’Homme en 1883, no es un acto de “creatividad artística”, sino un desafío directo a la identidad colectiva. El ministro de Cultura, Roberto Ángel Salcedo, lo condenó como un “ultraje” a los principales símbolos nacionales, y comunicadores lo tildaron de profanación legal y moral. Sin embargo, este episodio va más allá de una simple transgresión legal; es un ejemplo clásico de cómo los colectivos LGBTQ+ utilizan la ventana de Overton para avanzar su agenda.
La estrategia es sutil pero efectiva: se introducen ideas extremas –como reescribir un himno nacional para promover la diversidad sexual– sabiendo que generarán rechazo inicial. Pero con el tiempo, la exposición repetida desensibiliza a la sociedad, desplazando el centro de lo aceptable. Lo que ayer era impensable –ultrajar un símbolo patrio en nombre de la “inclusión”– mañana podría debatirse como una “expresión libre”. En el país, donde la mayoría conservadora valora profundamente sus tradiciones, estos actos parecen diseñados para provocar polarización y, eventualmente, normalizar narrativas que chocan con los valores culturales dominantes. No se trata solo de visibilidad; es una táctica para erosionar las normas establecidas, presentando como “progresistas” ideas que muchos ven como descabelladas o incluso destructivas para la cohesión social.
Criticar esto no implica homofobia o rechazo a los derechos LGBTQ+; al contrario, defiende el principio de que la libertad de expresión tiene límites cuando atenta contra el patrimonio colectivo. En un país donde la Constitución protege la familia tradicional y penaliza el ultraje a los símbolos, actos como este no solo infringen la ley, sino que alimentan divisiones innecesarias. Si los colectivos buscan verdadera inclusión, deberían optar por diálogos constructivos en lugar de provocaciones que alienan a la mayoría. De lo contrario, corren el riesgo de que la ventana de Overton se cierre en su contra, reforzando el rechazo en lugar de la aceptación.
En conclusión, el “Himno Nacional Lésbico” no es un mero poema; es un ataque contra la ventana de Overton, un intento de forzar cambios culturales mediante el shock. República Dominicana debe defender sus símbolos con firmeza, recordando que el respeto a la patria no es negociable. Solo así evitaremos que ideas radicales se cuelen por la ventana, disfrazadas de progreso.




