El asesinato de Charlie Kirk, figura central en la batalla cultural contra la izquierda en Estados Unidos, ha desatado una tormenta que traspasó fronteras y alcanzó el corazón de la prestigiosa Oxford Union.
Lo que debía ser un nuevo ciclo en la histórica sociedad de debates terminó convertido en un escándalo que expuso contradicciones dentro de la propia izquierda británica.
Kirk, de 31 años, murió a manos de un joven de 22, entregado por su propio padre tras descubrir balas marcadas con la palabra “fascista”. La brutalidad del crimen conmovió tanto como las reacciones posteriores.
El epicentro del escándalo fue George Abaraonye, presidente electo de la Oxford Union. Aún sin asumir el cargo, el estudiante publicó en redes sociales mensajes celebrando el asesinato: “Charlie Kirk got shot let’s f**ing go”*. También en un chat universitario escribió con ironía: “Han disparado a Charlie Kirk, Loool”.
La indignación fue inmediata. La Universidad de Oxford se desmarcó aclarando que la Oxford Union no forma parte de su estructura, y la propia sociedad difundió un comunicado condenando las expresiones de Abaraonye y ofreciendo condolencias a la familia de Kirk.
La justificación del joven activista encendió aún más la polémica. Reconoció haber reaccionado “impulsivamente”, pero luego insinuó que la retórica del propio Kirk era responsable de su destino. Sus declaraciones, lejos de apagar las críticas, lo convirtieron en un símbolo de la fractura entre quienes defienden la libertad de expresión y quienes, bajo el discurso progresista, justifican la intolerancia.
Las reacciones no tardaron en llegar desde antiguos miembros de la Oxford Union. James Price, expresidente de la institución, expresó su repudio: “Un hombre fue asesinado a tiros por debatir ideas. Y el presidente electo de la Oxford Union lo celebró meses después de enfrentarse a él. Nunca superaré lo avergonzado que estoy”.
En los salones victorianos donde alguna vez debatieron Churchill, Reagan o Einstein, hoy resuenan ecos de un clima enrarecido. El asesinato de Charlie Kirk no solo dejó un vacío en el debate cultural estadounidense: también dejó al descubierto las miserias de una izquierda incapaz de condenar con firmeza la violencia política.




