“Her green plastic watering can…” canta Thom Yorke en Fake Plastic Trees, una de las piezas más icónicas de Radiohead. Bajo su melodía melancólica se esconde una crítica a un mundo artificial, desgastado, saturado de apariencias. Y aunque la canción habla de emociones y desencantos, su título resuena hoy en una dimensión distinta: la de nuestro propio mundo de plástico, nuestra contaminación y la desigual batalla contra los residuos que asfixian al planeta.
Hace unos meses, Radiohead anunció su regreso a los escenarios tras casi ocho años de silencio. Una noticia celebrada por miles, pero que, curiosamente, coincide con otro debate urgente: el plástico, su impacto y la inconsistencia de nuestras políticas públicas frente a un problema que ya no es ambiental, sino existencial.
Un mundo hecho de plástico… y una ley que no está a la altura
El plástico está en todas partes: en los océanos, sofocando los arrecifes, en las calles, en los drenajes… y en nuestra propia sangre. Lo respiramos, lo comemos y lo incorporamos al cuerpo sin notarlo. Es el símbolo más evidente de una época dominada por la inmediatez y el descarte.
Para enfrentar esta crisis, la República Dominicana aprobó en 2020 la Ley 225-20 de Gestión Integral y Coprocesamiento de Residuos Sólidos, diseñada en coherencia con modelos europeos de economía circular y alineada con las enmiendas del Convenio de Basilea, que desde 2019 incluye los residuos plásticos en su régimen de control.
Sobre el papel, la ley parece sólida: promueve la eliminación de vertederos a cielo abierto, exige clasificación obligatoria, crea instrumentos fiscales, establece categorías de residuos y confiere al Ministerio de Medio Ambiente la autoridad reguladora del sistema.
Hasta ahí, todo luce moderno y necesario.
Pero la práctica revela otra historia.
Las observaciones del Presidente: un síntoma de algo más profundo
Hace unas semanas, el presidente Luis Abinader observó la reforma aprobada por el Congreso a la Ley 225-20 y pidió ajustes específicos: restricciones más claras para los plásticos de un solo uso, prohibiciones al “foam”, limitación a las importaciones de cubiertos plásticos y correcciones institucionales para evitar distorsiones del mercado.
Estas observaciones eran necesarias… pero también evidencian lo que muchos expertos advierten: la ley original nació con vacíos demasiado grandes para una crisis tan urgente.
La falta de controles reales, la debilidad institucional y la permisividad frente a sectores económicos poderosos la hicieron, desde su origen, una ley ambiciosa… pero incompleta.
La raíz del problema: una ley que no toca a los intocables
El punto más alarmante rara vez aparece en los discursos oficiales: la Ley 225-20 no penaliza al principal responsable de la contaminación: quienes fabrican e importan plástico masivamente.
Mientras países como Chile, España o Colombia imponen cargas directas a quienes ponen plásticos de un solo uso en el mercado, aquí hacemos lo contrario: creamos tasas municipales y una contribución especial que, en la práctica, termina funcionando como un impuesto general y plano. Así, una empresa que genera cero residuos paga prácticamente lo mismo que otra que introduce millones de envases plásticos al mercado.
Un despropósito difícil de justificar.
Aunque la ley diseña un régimen de Responsabilidad Extendida del Productor (REP) que en el papel parece robusto, su aplicación práctica y su fiscalización lucen improbables. Las grandes industrias del plástico quedan prácticamente intactas. Pareciera que, en esta ley, se les trata con excesiva suavidad.
Y mientras tanto, el peso recaerá, como siempre, sobre consumidores, pequeños negocios y municipalidades desbordadas.
El “incentivo perverso”: cuando contaminar sale barato
La OCDE y la Unión Europea utilizan el concepto de incentivo perverso para describir los marcos regulatorios que generan el efecto contrario al deseado:
“Un estímulo que provoca un comportamiento contrario al objetivo ambiental, premiando lo que debería ser desincentivado.”
Bajo este modelo:
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Quien más contamina paga menos o nada.
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Quien menos contamina paga más.
Una ecuación absurda, pero vigente.
Un país de plástico necesita una ley menos plástica
No basta con un “greenwashing legislativo” para cumplir con organismos internacionales. Una ley puede tener buenas intenciones, pero mientras evite tocar la verdadera raíz del problema, seguirá siendo una política fake, tan artificial como los árboles de Radiohead.
Si queremos evitar perecer ahogados en un mar de plástico, necesitamos que la próxima reforma incorpore, con verdadera fuerza normativa, conceptos como:
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penalizar la producción masiva de plásticos no reciclables;
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exigir estándares europeos reales;
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aplicar la REP de manera estricta y verificable;
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blindar la institucionalidad frente a presiones económicas del sector plástico.
De lo contrario, seguiremos viviendo en un fake plastic world, donde todo parece regulado… menos lo que realmente importa.





