Hace exactamente veinte años subí a las montañas de Suiza con una mezcla de orgullo y responsabilidad. Corría el año 2005 y fui designado Young Global Leader por el Foro Económico Mundial, una distinción que entonces significaba algo más que un reconocimiento personal: implicaba que la República Dominicana empezaba a ser escuchada no solo por sus playas, sino también por sus ideas. Con la perspectiva que dan dos décadas, esa experiencia hoy provoca una reflexión inevitable: en nuestra diplomacia estratégica de alto nivel, las oportunidades de presencia han sido menos constantes de lo que el país ya podía aspirar.
Esa reflexión vuelve esta semana con fuerza. En Madrid, en los pabellones de IFEMA, parte de nuestro liderazgo político y empresarial participa activamente en FITUR, y hace bien. Allí se confirma que somos líderes del turismo en el Caribe, se cierran acuerdos que sostienen el empleo, se llenan habitaciones y se mantiene en marcha una parte esencial de nuestra economía. Estar en FITUR no es un gesto simbólico: es una necesidad concreta y tangible.
Pero mientras celebramos ese presente en España, al mismo tiempo, a poco más de mil kilómetros, en Davos se discute el marco en el que se moverá el mundo en los próximos años. Allí no se habla de ocupación hotelera ni de temporadas altas; se habla de riesgos, de seguridad económica, de energía, de tecnología y de cómo los países que no son superpotencias deben aprender a moverse en un entorno mucho más duro y competitivo.
En ese escenario, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, lanzó un mensaje que resume bien el momento histórico. Dijo que la etapa en la que la integración económica global funcionaba como un paraguas protector ha terminado. Entramos, según sus palabras, en una “realidad brutal”, donde cada país debe construir su resiliencia y su capacidad de resistir presiones externas. No es un discurso alarmista; es una descripción fría del nuevo contexto.
Ese tipo de conversación tiene consecuencias prácticas, incluso para países como el nuestro. En Davos se discute cómo asegurar suministros de energía, cómo reducir vulnerabilidades tecnológicas, cómo formar alianzas entre economías intermedias para no depender de decisiones tomadas lejos. Son decisiones que, aunque parezcan abstractas, terminan influyendo en inversión, costos, empleo y estabilidad.
La lección no es que debamos escoger entre Madrid o Davos. Ya no estamos en esa disyuntiva. El país ha alcanzado una madurez suficiente para entender que el éxito comercial del presente necesita una lectura estratégica del futuro. FITUR es el motor que hoy impulsa nuestra economía; Davos es el radar que permite anticipar cambios y ajustar el rumbo antes de que las condiciones se endurezcan.
Aquella silla que ocupé en 2005 no debía quedar como una anécdota, sino como el inicio de una presencia más constante en los espacios donde se piensa el mundo que viene. No para buscar protagonismo, más bien para entender, conectar y defender intereses de largo plazo. Reconocer que el entorno global ha cambiado no es una señal de debilidad; es una condición básica para seguir siendo dueños de nuestro propio futuro.





