La República Dominicana ha sido, durante décadas, una de las economías de mayor crecimiento en América Latina. Turismo, zonas francas y servicios han sido motores fundamentales de esa expansión. Sin embargo, junto a ese desempeño positivo, persiste un debate estructural que no hemos abordado con suficiente profundidad: el potencial no plenamente desarrollado de la industria de producción nacional, tanto para fortalecer el mercado interno como para ampliar nuestra capacidad exportadora.
La evidencia económica internacional es clara. Los países que han logrado acelerar de manera sostenida su crecimiento del PIB per cápita lo han hecho apoyados en procesos de industrialización, diversificación productiva y aumento del valor agregado local. La manufactura no solo produce bienes; produce encadenamientos, conocimiento, innovación, productividad y formalización laboral. Cada peso invertido en producción nacional genera un efecto multiplicador superior al de actividades con baja integración interna.
Cuando una economía depende crecientemente de bienes importados que podrían producirse competitivamente en el país, se erosiona su capacidad de generar empleo formal, se limita la acumulación de capital productivo y se debilita la base tributaria. El crecimiento puede mantenerse en cifras agregadas, pero pierde profundidad, resiliencia y capacidad de distribución. Se convierte en un crecimiento estadístico, no estructural.
A esto se suma un elemento particularmente delicado: la asimetría competitiva. El productor local debe cumplir con registros sanitarios, certificaciones industriales, normas de etiquetado, obligaciones fiscales y laborales estrictas. Sin embargo, con demasiada frecuencia, productos importados ingresan al mercado bajo estándares de control menos exigentes o con costos regulatorios significativamente menores. Cuando las reglas no son equivalentes, no estamos ante libre mercado; estamos ante una distorsión que penaliza al que produce, emplea y tributa en la República Dominicana.
Fortalecer la producción nacional no es proteccionismo. Es estrategia económica. Es fortalecer la capacidad de generación de valor interno, ampliar la base fiscal, dinamizar el mercado laboral formal y reducir la vulnerabilidad externa. Las economías con mayor peso relativo de la manufactura y del valor agregado local tienden a experimentar ciclos de crecimiento más robustos, mayor estabilidad y mejor distribución de ingresos.
El desafío no es cerrar la economía, sino equilibrarla inteligentemente. Implica financiamiento competitivo para la industria, compras públicas estratégicas que impulsen encadenamientos productivos, fortalecimiento efectivo de los sistemas de control y normalización, incentivos reales a la innovación y una política industrial moderna orientada tanto a la sustitución eficiente de importaciones como al impulso decidido de las exportaciones.
También corresponde una reflexión al sector comercial y a las grandes superficies. Una economía con mayor producción local es una economía con mayor empleo, mayor poder adquisitivo y mayor consumo sostenible. Priorizar únicamente márgenes inmediatos puede resultar rentable en el corto plazo, pero en el mediano y largo plazo reduce el tamaño del mercado que sostiene esas mismas ventas. Cuando desaparece la industria, se contrae la demanda.
La pregunta que debemos hacernos no es si la industria nacional merece apoyo, sino cuánto crecimiento adicional estamos dejando de generar por no colocarla en el centro de nuestra estrategia de desarrollo. Cada empresa industrial que cierra representa empleos formales que se pierden, conocimiento que se diluye y millones de pesos que dejan de circular dentro de nuestra economía.
La complacencia productiva tiene un costo silencioso, pero acumulativo. Si aspiramos a un crecimiento más acelerado, más inclusivo y verdaderamente sostenible —capaz incluso de acercarnos a tasas de expansión de dos dígitos— la industrialización debe convertirse en prioridad nacional.
No se trata de nostalgia industrial. Se trata de visión de futuro.
Importar puede llenar estanterías.
Pero solo producir fortalece la nación.
Si no despertamos ahora, seguiremos viendo cómo se reducen capacidades productivas mientras celebramos cifras agregadas. Y cuando decidamos recuperar el terreno perdido, descubriremos que el costo será muy superior al esfuerzo que hoy evitamos hacer.





