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Luis Miura

La Estabilidad es el punto de partida, no el destino

La Estabilidad es el punto de partida, no el destino

La presentación del ministro de Hacienda y Economía, Magín Díaz, ante AMCHAMDR, fue clara, bien estructurada y responsable. Defendió la estabilidad macroeconómica, explicó el contexto internacional y dejó el mensaje de que: no habrá populismo fiscal, no habrá inventos monetarios ni promesas que no se puedan cumplir.

Eso ya es una buena noticia…

Pero cuando uno escucha con atención, de atrás para alante, también identifica lo que quedó pendiente. Y ahí es donde empieza la conversación verdaderamente estratégica.

Porque la estabilidad no es la meta final. Es la base.

Su diagnóstico fue correcto: el modelo dominicano de crecimiento, apoyado durante años en acumular más capital y más mano de obra, está dando señales de agotamiento. Si queremos crecer mejor, tenemos que producir mejor. El país no está en crisis fiscal; lo que tiene es un problema de eficiencia. Coincido plenamente con ese planteamiento.

Ahora bien, si me preguntan qué haría yo con ese diagnóstico, lo primero sería ponerle nombre y apellido a las reformas. No hablar de distorsiones en general. Escoger tres o cuatro temas concretos, ponerles fecha, explicar cómo se van a ejecutar y medir los resultados. Nada de grandes reformas que asusten. Pequeños cambios constantes que no tengan marcha atrás.

En nuestro país no hay espacio para un “paquetazo”, y tampoco hace falta. Lo que sí hace falta es ordenar la casa paso a paso. Simplificar permisos, hacer que los trámites digitales funcionen de verdad, eliminar cobros pequeños que solo complican, aplicar el silencio administrativo cuando una institución no responde a tiempo. Eso no genera ruido social y sí mejora el clima para producir.

Después vendría lo más delicado: los precios distorsionados. Yo no anunciaría aumentos de golpe. Anunciaría reglas claras y graduales. Lo que genera resistencia no es el ajuste en sí; es la improvisación. Cuando las reglas son previsibles, la gente se adapta.

Pero si hay un tema que no podemos seguir tocando por arriba es la informalidad. Con más de la mitad del tejido productivo fuera del sistema formal, hablar de salto en productividad sin resolver eso es quedarse corto.

Yo no intentaría formalizar a la fuerza. Eso ya se intentó en el pasado y no funcionó. Formalizaría por incentivo. Y aquí creo que debemos cambiar el enfoque: la formalización no se consigue formalizando, se consigue facilitando.

Cuando el Estado se acerca al pequeño empresario solo para fiscalizar, el mensaje es más costo, más carga y más riesgo. Así nadie quiere entrar. Pero cuando estar formal abre puertas reales, acceso a crédito productivo, posibilidad de venderle al Estado, procesos más simples, protección social gradual; la ecuación cambia. La formalidad deja de verse como obligación y empieza a verse como oportunidad.

No se trata de perseguir más. Se trata de hacer más fácil cumplir que quedarse fuera. Simplificar trámites, permitir cotizaciones escalonadas en seguridad social durante los primeros años, integrar plataformas digitales para que no haya que ir oficina por oficina. Que el pequeño empresario sienta que formalizarse le conviene.

La formalización no puede sentirse como una camisa de fuerza. Tiene que sentirse como una escalera.

También debemos dejar de ver a las MIPYMES como un tema social y empezar a verlas como parte del motor económico. Si se va a aumentar la inversión pública, esa inversión tiene que generar encadenamientos reales con empresas locales. No es gastar más, es gastar mejor. Dividir compras públicas en lotes más accesibles, fomentar subcontratación productiva y vincular financiamiento a modernización tecnológica.

Y en esa misma lógica, debemos regionalizar las compras públicas. Que sean los empresarios de cada provincia y cada municipio quienes participen en construir y mejorar su propio entorno a través de las obras y adquisiciones del Estado. Cuando el dinero público se queda circulando en la comunidad donde se ejecuta el proyecto, el impacto se multiplica.

Además, no hay mejor veedor que la propia comunidad para la cual ese proveedor estará trabajando. Cuando quien construye una escuela, un hospital o una carretera vive en esa misma zona, el compromiso cambia. Hay reputación, hay pertenencia y hay responsabilidad directa. Eso eleva la calidad, reduce el abandono y fortalece el tejido productivo local.

Si queremos crecer mejor, necesitamos más empresas locales fortalecidas y más desarrollo territorial.

Y aquí no todo depende del Estado. Aquí también el sector comercio, incluyendo las grandes superficies, tiene que poner de su parte. Las importaciones masivas y las marcas blancas no pueden sustituir por completo a las marcas locales de producción nacional. Cuando eso ocurre, no solo se desincentiva la industrialización; también se le quita espacio de empleo y crecimiento a los mismos clientes que luego van a esas tiendas.

El comercio organizado es parte del ecosistema productivo. Si apostamos únicamente a traer lo de afuera porque es más barato en el corto plazo, debilitamos la base productiva que sostiene el empleo y el poder adquisitivo en el mediano plazo. No se trata de cerrar la economía ni de forzar compras ineficientes. Se trata de equilibrio. Se trata de entender que fortalecer proveedores locales también fortalece el mercado interno que sostiene al propio comercio.

 

Cuando el ministro Díaz dice que no se trata de gastar más, sino de liberar espacio productivo, tiene razón. Pero eso no pasa por discurso. Pasa cuando el gasto corriente deja de crecer por inercia, cuando la inversión se ejecuta a tiempo y cuando los programas públicos se revisan para ver si realmente están dando resultados. Como me dijo un amigo, luego de la presentación.

Yo publicaría cada trimestre cómo va la ejecución de la inversión, reasignaría recursos de instituciones que no ejecutan a las que sí lo hacen y pondría la eficiencia administrativa en el centro de la conversación económica.

No necesitamos una reforma espectacular. Necesitamos constancia.

La experiencia internacional, incluida la chilena, mencionada varias veces en la presentación, demuestra algo importante: un país puede tener estabilidad durante muchos años y aun así perder dinamismo si deja de hacer ajustes a tiempo. La estabilidad prolongada puede llevar a acomodarse.

Este es el verdadero peligro.

Hoy la República Dominicana tiene acceso a mercados, confianza internacional, sistema financiero sólido y un sector empresarial dinámico. Tenemos condiciones que muchos países quisieran. Lo que falta no es teoría. Es menos redes sociales, menos TikToks, menos actos y más ejecución constante.

Porque al final, el desarrollo no se construye con anuncios. Se construye resolviendo trabas, tomando decisiones a tiempo y dando seguimiento todos los días. La estabilidad no se pierde por falta de discurso; se pierde por falta de trabajo constante.

Este es un momento para menos ruido y más resultados. Para menos exposición y más gestión. Para menos espectáculo y más disciplina en la ejecución.

La estabilidad nos trajo hasta aquí y La Productividad definirá lo que seremos mañana.

Y eso se logra trabajando duro, sin ruido, pero sin pausa.

 

Por: Luis Miura

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