La propuesta de las candidaturas independientes llega en el peor momento posible para la República Dominicana. Llega cuando aún no hemos resuelto el problema estructural del choque entre el Legislativo y el Tribunal Constitucional. Llega cuando nuestras instituciones electorales todavía trabajan por ganarse la confianza plena de la ciudadanía. Llega cuando los partidos políticos, lejos de haber completado su proceso de renovación, siguen atrapados en dinámicas de poder que privilegian la lealtad personal sobre la capacidad técnica. En ese contexto, abrir la puerta a las candidaturas independientes no es democratizar el sistema: es someterlo a una presión adicional que puede resultar fatal.
Nos oponemos a las candidaturas independientes no porque creamos que el sistema actual es perfecto, sino porque creemos que la democracia dominicana merece ser construida sobre cimientos sólidos, no sobre el entusiasmo pasajero de quien promete ser diferente sin demostrar serlo. Nos oponemos porque hemos visto suficientes crisis políticas en este continente como para saber que la fragmentación sin control no conduce a más libertad, sino a más caos; y que el caos, invariablemente, beneficia a quienes tienen los recursos para moverse en él, no al ciudadano común.
La República Dominicana necesita con urgencia que el Legislativo y el Tribunal Constitucional establezcan mecanismos claros de diálogo institucional que impidan que sus diferencias se conviertan en crisis de Estado. Necesita partidos políticos que se atrevan a reformarse desde adentro, que abran sus puertas y sus convenciones a la participación real de sus militantes. Necesita una ciudadanía que exija esa reforma con fuerza, que no se conforme con el simulacro de renovación que ofrece el candidato independiente sin historia, sin programa y sin responsabilidad colectiva.





