Pregunta sencilla, pero tratemos de responderla.
Durante mucho tiempo la respuesta parecía evidente. La familia ocupaba el primer lugar. Después estaban la escuela, los amigos, el deporte, la iglesia, el barrio y otras organizaciones de la comunidad. No eran espacios perfectos, pero constituían una red alrededor del adolescente. Había distintos adultos, instituciones y experiencias participando, de una manera u otra, en su tránsito hacia la vida adulta.
Hoy esa respuesta resulta bastante menos clara.
Nuestros jóvenes continúan teniendo familia y escuela, pero una parte cada vez mayor de su formación ocurre en lugares que los adultos apenas alcanzamos a comprender. Redes sociales, algoritmos, plataformas digitales, influenciadores y, más recientemente, sistemas de inteligencia artificial compiten diariamente por su atención. No solamente les ofrecen entretenimiento.
También les presentan modelos de éxito, relaciones, consumo, belleza, felicidad y pertenencia.
La cuestión no consiste en demonizar la tecnología. Cada generación ha tenido que aprender a convivir con transformaciones que inicialmente produjeron incertidumbre. El verdadero problema aparece cuando una sociedad incorpora nuevas formas de socialización mientras permite que se debiliten aquellas instituciones que tradicionalmente acompañaban la formación de sus jóvenes.
Existe, además, una paradoja de nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tantos instrumentos para saber dónde están nuestros hijos y, al mismo tiempo, quizá nunca habíamos sabido tan poco sobre los lugares en los que realmente habitan.
Podemos conocer su ubicación mediante un teléfono. Podemos organizar sus horarios, supervisar sus actividades y procurar que permanezcan en ambientes seguros. Sin embargo, durante horas pueden recorrer un universo digital prácticamente invisible para padres y educadores.
Controlamos mejor su geografía, pero conocemos menos su entorno cultural.
Por eso la discusión sobre adolescencia no debería limitarse al tiempo frente a una pantalla. Hay una pregunta anterior: ¿qué alternativas reales estamos ofreciendo?
Una ciudad también educa. Lo hace mediante sus parques, bibliotecas, instalaciones deportivas, centros culturales y espacios públicos; y mediante las asociaciones, clubes e iglesias capaces de generar vínculos entre personas que, de otra manera, permanecerían aisladas.
Pero construir espacios tampoco es suficiente.
Una cancha vacía no forma a nadie. Tampoco lo hace un centro comunitario sin comunidad.
Los jóvenes necesitan algo que ninguna infraestructura puede proporcionar por sí sola: adultos dispuestos a acompañarlos.
Durante generaciones existieron alrededor de los adolescentes personas que, sin sustituir a sus padres, contribuían a su formación. El entrenador, el maestro, el vecino, el dirigente comunitario, el sacerdote o pastor, el jefe del primer trabajo, incluso los padres de sus amigos. Eran figuras con una autoridad limitada, pero podían enseñar disciplina, responsabilidad, respeto, perseverancia y convivencia.
Tal vez deberíamos preguntarnos cuántos de esos adultos siguen existiendo alrededor de nuestros jóvenes.
La responsabilidad primaria corresponde a la familia. Reconocerlo, sin embargo, no significa dejarla sola.
Entre el individuo y el Estado existe una sociedad que también debemos cuidar: ese tejido intermedio de familias, escuelas, iglesias, clubes y organizaciones comunitarias que permite que una persona pertenezca a algo antes de relacionarse directamente con las grandes estructuras del Estado.
Cuando ese tejido se debilita, el individuo queda cada vez más solo frente a instituciones demasiado grandes o frente a mercados y plataformas con una capacidad extraordinaria para captar su atención.
Aquí adquiere importancia un principio que pocas veces aparece en nuestra conversación cotidiana: la subsidiariedad.
Significa, entre otras cosas, que aquello que pueden realizar adecuadamente la persona, la familia o las comunidades más próximas no debería ser innecesariamente sustituido por estructuras superiores. Pero significa también que esas comunidades deben recibir apoyo cuando por sí solas no pueden responder a determinadas necesidades. No se trata, por tanto, de escoger entre familia o Estado. Se trata de reconstruir responsabilidades.
La familia debe asumir las suyas. La escuela, las propias. Las comunidades necesitan recuperar espacios de encuentro. Las empresas pueden contribuir allí donde desarrollan sus actividades. Las iglesias tienen una enorme capacidad de convocatoria y acompañamiento. Y corresponde al Estado crear condiciones para que todo ese entramado pueda desarrollarse, prestando especial atención a aquellos lugares donde las oportunidades son menores.
Porque no todos los adolescentes parten del mismo lugar.
Para algunos, practicar un deporte o aprender música constituye una alternativa entre muchas. Para otros puede significar encontrar por primera vez disciplina, reconocimiento, comunidad o propósito. La diferencia entre ambas situaciones obliga a incorporar otro principio indispensable: la solidaridad.
Subsidiariedad sin solidaridad puede convertirse en indiferencia. Solidaridad sin subsidiariedad puede terminar sustituyendo a las personas y comunidades que pretendía fortalecer. Una sociedad equilibrada necesita ambas.
Hay, finalmente, una razón para mirar este asunto más allá de la adolescencia. Estamos formando a los ciudadanos que dentro de pocos años tendrán que sostener nuestras instituciones. No podemos esperar ciudadanos responsables si durante su formación no encontraron espacios donde ejercer responsabilidad.
No podemos reclamar participación si nunca experimentaron pertenencia. Tampoco podemos exigir confianza social a quienes crecieron sin comunidades en las cuales aprender a confiar. La calidad futura de nuestra democracia comienza mucho antes de alcanzar la edad para votar.
Comienza en la familia. Continúa en la escuela, la cancha, el barrio, la iglesia, el grupo de amigos y todas aquellas pequeñas comunidades donde aprendemos que tenemos derechos, pero también obligaciones; que somos individuos, pero necesitamos a los demás; y que la libertad solamente puede sostenerse cuando aprendemos a ejercerla responsablemente.
Por eso quizás la pregunta no sea únicamente qué están haciendo nuestros jóvenes con su tiempo.
Sino qué sociedad estamos colocando alrededor de ellos mientras descubren quiénes quieren ser.
Porque toda generación termina recibiendo algo de la anterior: instituciones, valores, oportunidades, errores y esperanzas.
Y una sociedad que renuncia a formar a sus jóvenes no debería sorprenderse cuando otros terminen haciéndolo por ella.
Martín Valerio Jiminián




