En República Dominicana, hablar de diálogo público-privado ya no es suficiente. El verdadero desafío radica en transformar esos espacios de conversación en acciones concretas, medibles y sostenibles que impacten positivamente a las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES), responsables de más del 98% del tejido productivo nacional.
Durante el último año, especialmente en el marco de las discusiones impulsadas por Meta 2036, el país ha comenzado a fortalecer los espacios de concertación entre el Estado, el sector empresarial y los diferentes actores productivos. Estas conversaciones han permitido reconocer que las MIPYMES no pueden quedar al margen de las decisiones estratégicas que definirán el futuro económico de la nación.
En los últimos meses, este proceso ha tomado aún más relevancia con la llegada del nuevo ministro de Industria, Comercio y MIPYMES, Eduardo Sanz Lovatón, y la necesidad urgente de construir un plan de contingencia frente a la creciente incertidumbre económica mundial, marcada por conflictos geopolíticos, inflación, restricciones comerciales y desaceleración de importantes mercados internacionales.
La realidad global obliga a los países a repensar sus modelos económicos y fortalecer sus capacidades internas. En ese contexto, las MIPYMES dominicanas juegan un papel estratégico no solo como generadoras de empleo, sino también como herramientas de resiliencia económica y estabilidad social. Sin embargo, para que puedan cumplir ese rol, es indispensable que las políticas públicas sean construidas desde la realidad del sector productivo y no únicamente desde una visión técnica o burocrática.
Precisamente, uno de los avances más importantes ha sido la apertura de espacios de trabajo conjunto entre el gobierno y el sector privado. Ejemplo de ello son la Mesa de Impulso a las Exportaciones y la Mesa de Comercio Ilícito y Competencia Desleal, iniciativas que han permitido abordar problemáticas estructurales que afectan directamente la competitividad de las empresas dominicanas, particularmente de las MIPYMES.
Estos espacios representan un paso positivo hacia una gobernanza más participativa, donde los sectores productivos pueden expresar preocupaciones, proponer soluciones y contribuir técnicamente a la construcción de políticas públicas más equilibradas y funcionales. En temas tan sensibles como el comercio ilícito, la competencia desleal, las barreras para exportar o los costos regulatorios, resulta fundamental incorporar la experiencia práctica de quienes operan diariamente en el mercado.
Sin embargo, el verdadero reto comienza después del diálogo.
Las acciones posteriores a estas mesas de trabajo son las que determinarán si el país avanza realmente hacia un modelo de desarrollo más competitivo y sostenible. Escuchar al sector privado sin traducir esas conversaciones en medidas concretas genera frustración y debilita la confianza institucional.
Por ello, resulta fundamental que los procesos de consulta estén acompañados de mecanismos claros de seguimiento, cronogramas de implementación y canales permanentes de retroalimentación. Las políticas públicas deben incorporar análisis de impacto sobre las MIPYMES y garantizar períodos razonables de adaptación para evitar cargas desproporcionadas sobre el sector productivo.
La coyuntura internacional también representa una oportunidad. Las crisis globales suelen acelerar transformaciones estructurales, y República Dominicana tiene la posibilidad de posicionarse como una economía más resiliente, diversificada y competitiva si logra articular una estrategia nacional basada en la colaboración público-privada.
En ese sentido, las mesas de trabajo impulsadas desde el MICM y otros espacios de concertación vinculados a Meta 2036 pueden convertirse en plataformas clave para construir consensos de largo plazo y diseñar respuestas coordinadas frente a los desafíos actuales.
Sin embargo, el éxito de estos esfuerzos dependerá de la capacidad de convertir el diálogo en ejecución. Las MIPYMES no necesitan únicamente ser escuchadas; necesitan políticas coherentes, estabilidad regulatoria, incentivos adecuados y una visión de desarrollo que reconozca su aporte real a la economía nacional.
La República Dominicana tiene ante sí la oportunidad de consolidar una nueva cultura de gobernanza basada en la participación, la corresponsabilidad y la inteligencia colectiva. Apostar por el diálogo público-privado ya no es solo una buena práctica institucional: es una necesidad estratégica en tiempos de incertidumbre global.
Porque sin diálogo no hay políticas públicas efectivas. Pero sin acciones concretas después del diálogo, tampoco hay transformación real.




