En los tiempos de la República Romana, el Senado enviaba a sus procónsules a gobernar vastas provincias con un imperium absoluto. Aquellos hombres, investidos de un poder civil y militar incuestionable en sus demarcaciones, solían caer con frecuencia en una peligrosa trampa psicológica: asumirse intocables, superiores a los gobernados y portadores de una legitimidad que la propia distancia magnificaba. Cuando regresaban a Roma, sin embargo, la realidad les recordaba que debían rendir cuentas ante las mismas instituciones y pares que habían pretendido mirar por encima del hombro.
Guardando las distancias de los siglos, la política contemporánea dominicana acaba de escenificar su propia versión de este drama de superioridad y desencanto. El anuncio de Antonio Taveras Guzmán, quien ha decidido abandonar el bloque del Partido Revolucionario Moderno (PRM) para declararse «senador independiente», no es el acto heroico de un paladín de la pureza que el relato oficial pretende vendernos; es, analizado con rigor, la crónica de un despecho político revestido de superioridad moral.
El «Imperium» de la provincia y la quimera de la presidencia
Antonio Taveras llegó al Congreso Nacional no como el resultado de una larga militancia orgánica, sino bajo el manto idílico del outsider. Impulsado originalmente por sectores de la sociedad civil y adoptado por la maquinaria del PRM para conquistar la codiciada plaza de la Provincia Santo Domingo —la demarcación electoral más grande del país—, Taveras pareció asumir que ese inmenso caudal de votos le otorgaba un imperium moral absoluto. No solo para legislar, sino para juzgar y desbancar a toda la clase política tradicional.
Desde su curul, el tono del legislador rara vez fue el del consenso que demanda la democracia deliberativa; con excesiva frecuencia se asemejó al del juez supremo que dicta cátedras de ética a sus colegas desde un pedestal autoconstruido. Esa misma convicción de infalibilidad le llevó a creerse con las credenciales divinas para presidir el Senado de la República, un órgano donde el arte de la concertación y el respeto a la disciplina partidaria dictan las reglas del juego.
Para Taveras, las dinámicas de la organización que le sirvió de plataforma electoral eran, aparentemente, «viejas prácticas clientelares» cuando no se alineaban con sus ambiciones personales. En el fondo, el síndrome del outsider se manifiesta en toda su crudeza: se aprovechan las siglas y los recursos de un partido para ascender y, cuando la estructura partidaria decide democráticamente que la presidencia de un hemiciclo debe responder a otros equilibrios y consensos, se tacha a la organización entera de haber «perdido el rumbo estratégico».
La conveniente independencia: ¿Ética o retirada?
La renuncia del senador Taveras al bloque oficialista bajo el argumento de que el país «ha perdido el rumbo» abre una interrogante moral ineludible. ¿Se habría declarado independiente si el PRM lo hubiese ungido como el presidente del Senado?
Voces dentro del propio Congreso, curtidas en el pragmatismo que Taveras tanto aborrece, no han tardado en señalar el disgusto acumulado del legislador tras ver truncadas sus aspiraciones directivas.




