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Luis Miura

Cuando la política deja el espacio vacío

Cuando la política deja el espacio vacío

Durante años nos preguntamos por qué la gente había dejado de creer en los políticos. Quizás llegó el momento de hacernos una pregunta más incómoda: ¿qué hicimos para que dejaran de creer?

Lo que estamos viendo hoy en la República Dominicana no es un fenómeno exclusivamente nuestro. Ha ocurrido, con diferentes nombres y protagonistas, en muchos países. Figuras de las redes sociales, del entretenimiento, outsiders y hasta personajes vinculados a mundos que tradicionalmente estaban muy lejos de la política comienzan a tener tanta —y en ocasiones más— capacidad de movilización que dirigentes con décadas construyendo estructuras partidarias.

La diferencia es que ahora nos está tocando de cerca.

Y sería demasiado fácil despachar el fenómeno diciendo que la gente se ha vuelto superficial, que las redes sociales dañaron la política o que un influencer no tiene preparación para ocupar una posición pública.

Eso sería confundir la consecuencia con la causa.

Ese espacio no se lo robaron a la política. La política lo dejó vacío.

Lo dejó vacío durante décadas de descuido de la educación y de poca formación ciudadana. Lo dejó vacío cuando convirtió el ejercicio democrático en una transacción y acostumbró a demasiadas personas a relacionarse con la política a través de bonos, cajas, tarjetas, pica pollos, favores y sobres de dinero.

Durante demasiado tiempo se enseñó que el voto podía intercambiarse por algo, cuando debimos enseñar exactamente lo contrario: que votar es probablemente una de las decisiones individuales de mayor responsabilidad que tiene un ciudadano.

Porque cuando elegimos un diputado o un senador no estamos eligiendo a alguien para que llegue al Congreso a representarse a sí mismo, a su grupo o sus intereses. Lo estamos enviando a representar los nuestros.

Y esa diferencia parece sencilla, pero es enorme.

También hicimos daño cuando permitimos que la corrupción se convirtiera en parte permanente de la conversación nacional mientras el régimen de consecuencias permanecía demasiado lejos de las expectativas de la gente.

Años de denuncias, escándalos y acusaciones; expedientes anunciados con espectacularidad que luego parecen construidos sobre cristal; procesos interminables y muy pocas decisiones capaces de dejar en la sociedad la certeza de que quien roba, quien abusa del poder o quien utiliza el Estado para enriquecerse termina pagando realmente las consecuencias.

La percepción que queda termina siendo devastadora: todos son iguales y nada pasa.

Y cuando una sociedad llega a esa conclusión, deja de buscar experiencia y comienza a buscar ruptura.

Ahí aparece el outsider.

No necesariamente porque sea mejor. Ni porque esté más preparado. Aparece porque es diferente. Porque habla como habla la gente. Porque no carga todavía con el desgaste de los partidos. Porque un video de treinta segundos puede parecer más auténtico que un discurso político de treinta minutos cuidadosamente preparado.

Ese es el verdadero peligro.

Estamos entrando en una época en la que la notoriedad puede confundirse con liderazgo, los seguidores con votos, la popularidad con capacidad y la indignación con una propuesta de país.

Pero tampoco podemos culpar exclusivamente a quienes aprovechan esa oportunidad.

Si durante años la política perdió credibilidad, si la educación no produjo suficiente conciencia ciudadana, si las instituciones no generaron confianza y si los resultados no llegaron a la velocidad que la sociedad esperaba, era inevitable que alguien ocupara ese espacio.

La democracia no soporta indefinidamente los vacíos.

Y las buenas intenciones tampoco son suficientes para gobernar.

Los países no cambian porque sus gobernantes quieran hacer las cosas bien. Cambian cuando existe determinación, capacidad de ejecución, continuidad y, sobre todo, régimen de consecuencias. Cuando lo que funciona se mantiene, lo que no funciona se corrige y quien actúa incorrectamente sabe que tendrá que responder.

Ese quizás sea uno de nuestros mayores desafíos en este momento.

Porque incluso cuando aparece la oportunidad excepcional de tener un Ejecutivo genuinamente comprometido con transformar instituciones, modernizar el Estado y cambiar determinadas prácticas, carga inevitablemente con décadas de incredulidad acumulada.

Entonces todo se sospecha.

Todo se cuestiona.

Y demasiadas veces la crítica deja de ser una herramienta para mejorar las decisiones y se convierte simplemente en oposición automática. Se critica sin proponer. Se contradice sin ofrecer alternativas. Se descalifica antes de analizar.

Eso tampoco construye democracia.

Un gobierno necesita oposición. Necesita prensa crítica. Necesita ciudadanos exigentes. Necesita sectores sociales que cuestionen sus decisiones.

Pero contradecir no es destruir.

Una sociedad madura no es aquella que aplaude todo lo que hace un gobierno, pero tampoco aquella que convierte cada decisión en motivo de guerra. Es aquella capaz de reconocer lo correcto, señalar lo incorrecto y, sobre todo, proponer cómo hacerlo mejor.

Porque mientras la política tradicional siga respondiendo a esta crisis defendiendo posiciones, estructuras y privilegios en lugar de recuperar credibilidad, los outsiders seguirán creciendo.

Y algunos serán buenos.

Otros serán simplemente populares.

Y otros descubrirán que en una sociedad cansada, indignada y desconfiada, conseguir seguidores puede ser mucho más fácil que construir una trayectoria.

Ahí está la advertencia.

El problema no es que un influencer quiera entrar en política. En democracia tiene exactamente el mismo derecho que cualquier otro ciudadano. El problema comienza cuando como sociedad dejamos de preguntarnos qué ha hecho, qué sabe, qué propone, qué valores representa y para qué quiere llegar al poder.

Porque si sustituimos el viejo voto comprado por el nuevo voto emocional, habremos cambiado el instrumento, pero no el problema.

Antes eran una caja, una tarjeta o un sobre.

Mañana puede ser un millón de seguidores.

En ambos casos estaremos renunciando a lo verdaderamente importante: elegir conscientemente a quienes tendrán en sus manos una parte del futuro del país.

Tal vez, entonces, la irrupción de estas nuevas figuras no deba verse solamente como una amenaza.

También puede ser una última advertencia para los partidos.

La gente está diciendo que está cansada.

Cansada de discursos sin resultados. De promesas recicladas. De escándalos sin consecuencias. De dirigentes que aparecen cada cuatro años. De una política que demasiadas veces recuerda al ciudadano cuando necesita su voto y lo olvida cuando llega al poder.

Los partidos pueden molestarse con el mensajero.

O pueden escuchar el mensaje.

Porque al final la democracia tiene una regla bastante sencilla:

cuando quienes deberían representar a la gente dejan de representarla, tarde o temprano la gente comienza a buscar quién lo haga.

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