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Martín Valerio Jiminián

Lento y doloroso

Erik Satie escribió sobre una partitura: lento y doloroso. No pedía grandilocuencia. Pedía que el acorde se quedara ahí, sin resolver, más tiempo del que el oído espera.

Lent

Son las 7:40 de la mañana en la calle Francisco Prats Ramírez del barrio La Chorrera, y el niño de la casa con el techo de zinc todavía no sale. Su madre lleva dos semanas sin turno en la fábrica de conservas. Hay un papel doblado en el bolsillo de su chaqueta —una citación, una fecha, un número de expediente— que nadie ha vuelto a mirar desde que se lo entregaron. La tía que antes tocaba el timbre los martes dejó de tocarlo hace un mes. En tu teléfono, esta escena dura dos segundos: una notificación, un titular, el dedo que sigue bajando.

Retenir

Sigue siendo el mismo niño. Un poco menos adornado ya.

En tu edificio vive alguien en el quinto piso. No sabes su nombre. Sabes, en cambio, con precisión de experto, lo que ocurrió ayer a seis mil kilómetros: la cifra exacta de la tragedia, el bando culpable, el hashtag correcto.

Satie escribe, en un compás cualquiera, un silencio más largo de lo que el oído tolera, y no lo rellena. Nosotros rellenamos ese silencio con una frase automática: “en breve un asesor se comunicará con usted”. El silencio de Satie era el punto. El nuestro es un error del sistema.

La abuela, el vecino, el maestro que llamaba aparte no desaparecieron por orden. Un día dejaron de tener tiempo, y nadie ocupó ese lugar: se ocupó, en cambio, la pregunta que ellos hacían, con un formulario que nadie contesta en persona.

Sans presser

El mismo niño.

El trámite llega, con fecha, con sello, con número de expediente. El niño no aparece en él con nombre. La ayuda, cuando llega, es real y no alcanza. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo, y no hace falta elegir cuál pesa más.

Satie no resuelve el acorde. Lo deja ahí.

¿A qué tempo vas a poner tú lo que le pasó al niño de la calle Francisco Prats Ramírez —al tuyo, al mío, al que ya nadie nombra por su calle sino por su carpeta?

Nadie ha vuelto a tocar el timbre.

Lento. Doloroso.

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