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Martín Valerio Jiminián

La lectura es comprensiva…

Todavía puedo escuchar la frase: “La lectura es comprensiva”.

Estudié en el Colegio Dominicano De La Salle. Fui un niño “bellaco”, “inquieto” o, para decirlo como probablemente lo pensaban algunos, “jodón”. Sin embargo, tuve grandes maestras. A todas las recuerdo con afecto, cariño y, sobre todo, con muchísimo respeto.

En mis primeros años de primaria me sacaban mucho del aula. Recuerdo particularmente a la profesora Gladys Castillo y a la profesora Hylma Cedeño. Y cuando terminaba en la Dirección, ahí estaba Mamá Niña. Todo el que estudió en La Salle durante los años ochenta y noventa sabe perfectamente de quién estoy hablando.

Mamá Niña me ponía a leer.

Y aquello no consistía simplemente en pronunciar correctamente las palabras. Me corregía todo: la postura, la altura a la que debía colocar el libro, la pronunciación, las pausas que exigían los signos de puntuación. Pero había algo todavía más importante: al terminar cada cuento había que hablar sobre lo que habíamos leído.

De aquellos encuentros quedó grabada en mí una frase que nunca he olvidado: “La lectura es comprensiva”.

Hoy entiendo que detrás de aquellas cuatro palabras había mucho más que una técnica de enseñanza. Había un acto de amor y dedicación. Así eran mis profesoras. Y, quizás por eso, tantos años después, aquello continúa siendo parte del aspiracional que tengo sobre la educación.

Cada 8 de septiembre, el Día Internacional de la Alfabetización nos recuerda una deuda que la humanidad todavía no ha terminado de pagar. Para millones de personas, aprender a leer y escribir continúa siendo una puerta hacia la dignidad, el trabajo, la autonomía y una participación más plena en la sociedad.

Pero quizás ha llegado el momento de reconocer que existe también otra deuda.

Ya no basta con enseñar a leer. Tenemos que enseñar a comprender.

La diferencia parece pequeña, pero es enorme.

Una persona puede leer perfectamente una página y no haber entendido realmente lo que dice. Puede reconocer todas sus palabras y ser incapaz de distinguir entre un hecho y una opinión. Puede recibir una información y no preguntarse quién la produce, qué evidencia la sostiene o qué argumento intenta construir.

Puede incluso estar alfabetizada y seguir siendo extraordinariamente vulnerable a la manipulación.

Ese es uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo.

La preocupación que provocan los resultados de comprensión lectora y matemáticas en distintos sistemas educativos debería servirnos para mirar el problema más allá de las calificaciones. Cuando fallan esas competencias fundamentales, no estamos hablando simplemente de dos asignaturas escolares. Estamos hablando de las herramientas intelectuales mediante las cuales una persona podrá posteriormente comprender historia, ciencias, economía, derecho o cualquier otra disciplina.

Y, todavía más importante, estamos hablando de las herramientas con las que aprenderá a desenvolverse como ciudadano.

Porque Mamá Niña tenía razón: la lectura es comprensiva.

Leer bien no consiste únicamente en pronunciar correctamente las palabras. Leer es interpretar.

Es descubrir lo que un texto dice, pero también preguntarse por aquello que no dice. Es comprender el contexto. Reconocer una contradicción. Separar una evidencia de una conclusión. Distinguir un argumento de una afirmación repetida sin suficiente reflexión. Saber cuándo una idea está sustentada y cuándo simplemente pretende provocar una reacción.

En una época dominada por las redes sociales, los titulares rápidos, los videos de pocos segundos y las opiniones convertidas inmediatamente en certezas, esa capacidad posiblemente sea más importante que nunca.

Tenemos acceso a más información que cualquier generación anterior, pero acceso a información no significa acceso al conocimiento: podemos pasar el día entero leyendo y terminar comprendiendo muy poco.

Ahí aparece una realidad de nuestro tiempo. Mientras todavía existen personas excluidas de la alfabetización tradicional por la pobreza, la desigualdad o la falta de oportunidades, quienes hemos tenido acceso a la educación enfrentamos otra forma de analfabetismo: no la de quien no puede leer las palabras, sino la de quien puede leerlas pero ha perdido la capacidad de interrogarlas.

Y ese problema no termina en el aula.

Una democracia necesita ciudadanos capaces de comprender argumentos diferentes a los propios. Una economía moderna necesita trabajadores capaces de interpretar información compleja. Las instituciones necesitan personas capaces de evaluar alternativas. Y la convivencia social necesita ciudadanos que puedan distinguir entre disentir y descalificar.

Por eso la comprensión lectora también es una cuestión de ciudadanía.

Cuando una sociedad pierde capacidad para interpretar, aumenta su tendencia a simplificar. Y cuando todo se simplifica, los problemas complejos terminan reducidos a posiciones rígidas: bueno o malo, conmigo o contra mí, progreso o destrucción, derecha o izquierda.

Desaparece entonces ese espacio intermedio donde casi siempre habita la realidad.

Quizás por eso también deberíamos revisar qué entendemos por educación.

Durante décadas hemos medido nuestros avances por cobertura escolar, matriculación, infraestructura, años de escolaridad y cantidad de graduados. Todos son indicadores importantes. Pero ninguno garantiza, por sí solo, que estemos formando personas capaces de pensar.

Una escuela puede transmitir contenidos.

Una buena educación debe ayudar a formar criterio.

Y formar criterio no significa decirles a nuestros jóvenes qué deben pensar. Significa precisamente lo contrario: entregarles las herramientas necesarias para construir sus propias conclusiones, confrontarlas con los hechos, escuchar argumentos distintos y, cuando aparezca mejor evidencia, tener la humildad intelectual de modificar lo que pensaban.

Quizás eso era lo que Mamá Niña hacía conmigo sin que aquel niño inquieto pudiera entenderlo.

Me corregía la postura y me enseñaba dónde hacer una pausa. Pero después cerrábamos el cuento y hablábamos.

Ahí estaba la verdadera lección.

Porque al preguntarle a un niño qué entendió, qué piensa, por qué un personaje actuó de determinada manera o qué habría hecho él en su lugar, uno deja de enseñarle solamente a leer.

Empieza a enseñarle a pensar.

Por eso nuestra ambición educativa no puede reducirse a erradicar el analfabetismo. Debemos hacerlo, porque mientras exista una persona privada de la posibilidad de leer y escribir seguirá existiendo una desigualdad fundamental.

Pero debemos aspirar a algo más.

A ciudadanos que lean, comprendan, pregunten, contrasten y duden cuando sea necesario. Ciudadanos capaces de conversar con quien piensa diferente sin convertir inmediatamente la diferencia en enemistad.

Han pasado décadas desde aquellas visitas a la Dirección del Colegio Dominicano De La Salle. Seguramente yo las vivía entonces como consecuencia de ser aquel niño “bellaco”, “inquieto” y “jodón”.

Hoy las recuerdo de otra manera.

Recuerdo a unas maestras que tuvieron la paciencia de educarme. Recuerdo un libro sostenido a la altura correcta. Recuerdo las pausas, los signos de puntuación y las conversaciones después de cada cuento.

Y recuerdo, sobre todo, aquellas cuatro palabras: “La lectura es comprensiva”.

Tal vez aquella sencilla frase contiene una parte importante de lo que necesitamos recuperar en la educación de nuestros días.

Porque una sociedad verdaderamente alfabetizada no es aquella en la que todos saben leer las palabras.

Es aquella en la que hemos aprendido a comprenderlas.

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