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Happy New Year

Happy New Year

¡Por fin! Ya el 2025 ha llegado a su fin. Todo es celebración, esperanza, nuevos comienzos, ilusión, despojo, borrón y cuenta nueva. Un nuevo año que comienza desde cero y que, con suerte, hemos podido celebrar, de una forma u otra, con nuestros seres queridos: familia, amigos y allegados.

Por uso y costumbre, desde que arranca el mes de diciembre, la vida se vuelve vertiginosa. En lo personal y por uso en casi todo el mundo occidental, se organizan reuniones familiares y encuentros entre amigos que, muchas veces, solo se dan en esta época del año. Nos las arreglamos para estar cerca de la gente que queremos, y por eso en el argot popular decimos que diciembre dura cincuenta días, por su interminable agenda de actividades y festividades que se extiende incluso hasta mediados de enero.

Pero entre tanta fiesta y alegría, surge una pregunta inevitable:

¿qué hemos dejado atrás? ¿qué se ha perdido en el camino?

Paradójicamente, la Navidad y el Año Nuevo también son épocas cargadas de nostalgia. No es casual que durante estos días exista un aumento significativo de personas que experimentan depresión, el llamado Christmas Blues.

Para mí, el término de un año siempre tiene un sabor agridulce, pues cada cierre viene acompañado de victorias, pero también de pérdidas de todo tipo: la pérdida de alguien que ya no está, física o emocionalmente; la pérdida de oportunidades; la pérdida de aquello que pudo ser y no fue; incluso, a veces, la pérdida de uno mismo. Expectativas no cumplidas, sueños que se apagaron.

En mayor o menor medida, siempre tengo la sensación de que, entre tanta alteridad de lo cotidiano, existe algo solapado que no quiero enfrentar. No es otra cosa que el vacío dejado por esas ausencias, por esas pérdidas que nos empujan escaleras abajo. Ese extrañar que, desde una lectura estrictamente jungiana, puede entenderse como la prueba de que ese vínculo no era solo externo, sino una parte viva de nuestra psique que ahora exige ser transformada.

Pero hablar de transformación cuando se está en medio de esta balacera que a veces parece la vida resulta una tarea titánica. Caminar sobre un campo minado, sostener la exigencia de mostrar al mundo “tu mejor versión”, mientras el tanque de combustible está a punto de agotarse, hace que esa transformación no siempre sea posible sin que queden las marcas de las esquirlas en nuestro cuerpo.

Por eso hoy, 31 de diciembre, en la víspera de un nuevo año, agradezco lo vivido y espero, con mesura, lo bueno que aún está por venir. De un modo espiritual, también reconozco lo extrañado y las pérdidas. A algunas puedo abrazarlas; a otras no. Porque hay nostalgias que no se transforman ni se aceptan del todo, heridas que, aunque cicatricen, pero aún así nos acompañan. Y aprender a vivir con ellas, quizá, también sea una forma honesta de recomenzar.

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