Existe un relato seductor que circula con fuerza en redes sociales y en ciertos círculos intelectuales: el del candidato independiente, ese ciudadano virtuoso que, libre de las cadenas partidistas, llegaría al poder únicamente comprometido con el bien común. Es un relato que apela a lo más noble del espíritu democrático, a la frustración genuina que sienten miles de dominicanos ante una clase política que a veces parece más interesada en sus propios privilegios que en el bienestar colectivo. Entendemos esa frustración. La compartimos. Pero la frustración con lo existente no puede ser el único argumento para construir lo nuevo.
Las candidaturas independientes, lejos de sanear el sistema, pueden introducir dosis masivas de inestabilidad política. En primer lugar, fragmentan el espectro electoral de manera caótica. Un sistema que hoy ya lucha por la gobernabilidad con múltiples partidos se vería sometido a la aparición de decenas o cientos de candidaturas atomizadas, sin programa coherente, sin estructura organizativa y sin rendición de cuentas. El resultado no sería más democracia, sino más confusión: parlamentos inmanejables, negociaciones imposibles y gobiernos que nacen heridos de muerte por su propia incapacidad para construir mayorías.
En segundo lugar, y esto es quizás lo más grave, las candidaturas independientes en contextos institucionales débiles son el vehículo preferido del populismo de ocasión. Sin la disciplina interna que impone pertenecer a una organización política, sin el proceso de selección que —con todas sus imperfecciones— filtra a los aspirantes, el candidato independiente puede construir su imagen sobre la sola base del carisma y la demagogia. Llegado al poder, ese individuo no responde a un partido, no responde a una plataforma ideológica verificable, no responde a militantes que exigen coherencia. Solo responde a sí mismo. Y eso, en una democracia, es una señal de alarma que ningún ciudadano responsable puede ignorar.
Los ejemplos internacionales son elocuentes. Perú, que flexibilizó sus requisitos de organización partidaria hasta el límite, vio surgir una clase política de independientes y movimientos efímeros que produjo cinco presidentes en cinco años, tres de ellos con procesos judiciales activos, y un Congreso que se convirtió en escenario de espectáculos bochornosos. Italia, con su fragmentación histórica, tardó décadas en desarrollar mecanismos para contener el daño de la personalización excesiva de la política. Hasta Francia, con su tradición republicana robusta, debate permanentemente los riesgos del presidencialismo personalista cuando los partidos se debilitan.





