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De la asistencia a la movilidad: transformar los subsidios en motores de progreso

Luis Miura

En la República Dominicana hemos avanzado en la construcción de una red de protección social que ha permitido mitigar la pobreza y sostener a miles de familias en momentos difíciles. Sin embargo, ha llegado el momento de hacernos una pregunta incómoda pero necesaria: ¿estamos ayudando a las personas a salir adelante o solo a sobrevivir?

El modelo actual de subsidios, aunque bien intencionado, tiende a concentrarse en la asistencia sin exigir ni facilitar un camino claro hacia la superación. No se trata de eliminar la ayuda social, sino de transformarla. El verdadero desafío es convertir cada peso invertido en una oportunidad de progreso, no en un mecanismo de dependencia.

Experiencias internacionales como Bolsa Família en Brasil o Prospera en México demuestran que es posible diseñar programas sociales que no solo alivian la pobreza, sino que la combaten estructuralmente. ¿Cómo lo logran? A través de un principio sencillo pero poderoso: vincular el apoyo del Estado al esfuerzo y al avance de las personas.

La propuesta es clara: evolucionar hacia un sistema de bonos por metas cumplidas, donde el Estado acompañe, incentive y premie el progreso.

En educación, por ejemplo, no basta con transferencias monetarias. Se puede establecer un bono condicionado a la asistencia escolar, la permanencia y el rendimiento académico progresivo. No se trata de exigir excelencia desde el primer día, sino de fomentar una cultura de mejora continua. Un niño que permanece en la escuela hoy es un trabajador productivo mañana.

En el ámbito laboral, urge crear un bono empleo que incentive la formalización y la permanencia en el trabajo. Este podría estructurarse como un apoyo temporal al ingreso de quienes se insertan en empleos formales, condicionado a su permanencia y a su contribución a instituciones como la Tesorería de la Seguridad Social y el INFOTEP. De esta forma, no solo se mejora el ingreso inmediato, sino que se construye un futuro con acceso a pensiones, salud y capacitación continua.

Asimismo, la capacitación debe dejar de ser opcional para convertirse en un eje central del sistema. Vincular los subsidios a la formación técnica y al desarrollo de habilidades es esencial en un mundo donde el empleo está en constante transformación. No podemos seguir financiando la inactividad; debemos invertir en empleabilidad.

Ahora bien, esta transformación no puede hacerse desde una lógica punitiva. No todos parten del mismo punto. Por eso, el sistema debe ser gradual, flexible y adaptado a la realidad de cada hogar. Debe premiar el avance, incluso cuando este es parcial. Y, sobre todo, debe estar acompañado de servicios de apoyo: educación de calidad, acceso a transporte, alimentación escolar y oportunidades reales de empleo.

El verdadero cambio no está solo en el diseño del subsidio, sino en la visión de país que lo sustenta. Pasar de la asistencia a la movilidad social implica redefinir la relación entre el Estado y el ciudadano: de beneficiario pasivo a protagonista activo de su propio desarrollo.

Este es un momento oportuno para impulsar un plan piloto que podríamos llamarlo “Avanza RD”, que integre educación, empleo y capacitación en un solo sistema de incentivos alineados. Un modelo que articule las políticas sociales con el desarrollo productivo, y que permita medir resultados de forma transparente.

La República Dominicana no necesita más gasto social; necesita mejor gasto social. Necesita políticas que no solo protejan, sino que impulsen. Que no solo alivien, sino que transformen.

Porque al final, el objetivo no es tener más beneficiarios, sino menos. Menos personas dependiendo del Estado, y más ciudadanos construyendo su propio camino.

Ese es el verdadero indicador de éxito de cualquier política social.

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