Hay frases que definen civilizaciones. Hay consignas que desnudan almas. «Un golpe a uno, un golpe a tó» no es un grito de protesta ni un canto de solidaridad: es el epitafio de un hombre inocente, el rugido de una manada que confundió la barbarie con la justicia, y la sentencia más vergonzosa que se haya pronunciado en una calle dominicana en mucho tiempo. Esas palabras retumban hoy sobre la conciencia de este país como un mazo sobre una lápida.
Un conductor de camión recolector de basura —uno de esos hombres invisibles que levantan el desecho que otros producen, que trabajan de madrugada cuando la ciudad duerme— fue linchado por una turba de motoristas. No fue un juicio. No fue defensa propia. Fue una ejecución colectiva perpetrada en plena vía pública, ante testigos, con saña, con el impulso primitivo de quien cree que la cantidad exonera la responsabilidad individual. Cada puño creyó que, al ser muchos los puños, ninguno sería culpable.
«Cada puño creyó que, al ser muchos los puños, ninguno sería culpable. Eso es exactamente lo que define a una turba: la disolución de la conciencia individual en el calor de la violencia.»
El Crimen
Cuando la calle se convierte en tribunal y verdugo
Los hechos que desencadenaron la tragedia, según los testimonios recogidos, fueron un incidente de tránsito. Un roce, una discusión, el tipo de suceso cotidiano que ocurre decenas de veces al día en cualquier punto de esta ciudad. Lo que siguió no tiene ninguna proporción con lo que lo originó.
Los motoristas que se encontraban en el lugar —y los que llegaron después, convocados por esa red de solidaridad perversa que une a los motoconchistas cuando se trata de responder con violencia— se lanzaron sobre el conductor como si tuvieran patente de corso. Lo golpearon. Lo siguieron golpeando. Y cuando el hombre cayó, siguieron. La consigna circuló entre ellos con la naturalidad de quien propone un brindis: un golpe a uno, un golpe a tó.
El conductor murió. Una familia quedó sin padre, sin esposo, sin sustento. Y las calles de este país quedaron un poco más oscuras, un poco más peligrosas, un poco más cómplices.
El peso de la impunidad
Estos no son hechos aislados. Son el resultado acumulado de años de omisión institucional:
▪ Motoristas que operan sin licencia, sin seguro, sin casco, sin matrícula vigente —a plena luz del día y ante la vista de las autoridades.
▪ Accidentes de tránsito protagonizados por motociclistas que representan más del 60% de las muertes viales en el país, según datos de la Autoridad Metropolitana de Transporte.
▪ Paradas de motoconcho que funcionan como territorios controlados, donde la ley del más fuerte reemplaza a la ley del Estado.
▪ Agresiones sistemáticas a conductores de vehículos de carga, taxistas y choferes de autobús que no son denunciadas por miedo a represalias.
▪ Multas que nunca se pagan, órdenes de arresto que nunca se ejecutan, juicios que nunca concluyen.




